Cuando Miraflores era Villa Cachonda y Vallellano el Charco La Pava

estampas cordobesas

En marzo de 1956, Medina Azahara eran Los Cuarteles y el Barrio Cañero, sin luz eléctrica, estrenaba ilusiones y una casa con patio que se convertía en piscina cuando llegaba el verano.

Matilde Cabello

23 de marzo 2014 - 01:00

EN 1956 una ola de frío se abatía, también en nuestro exterior, y se anunciada a bombo y platillo. Venía desde la voz metálica de los documentales grises, previos a Bienvenido, Mister Marshall o Los Diez Mandamientos, en los cines de sillas de anea y manos vigiladas de cerca por madres, hermanas y demás carabinas. Las cifras negras de la nieve en la Península arrojaban cerca de un millar de muertos y la pérdida total de los cítricos de marzo, pero nada pudo impedir, según el NO-DO, la Vuelta Ciclista a España. Probablemente tampoco detuvo los partidos de los domingos por la tarde en que, también entonces, eran el opio o el pan y circo o vaya usted a saber qué estrategia para entretener los pensamientos inabordables de nuestros padres. Ellos eran entonces jóvenes, y con una buena parte de ilusiones, luego incumplidas, por cumplir. El frío, bajo las enagüillas y junto al brasero de picón, seguía generando noticias de muertes por asfixia y mala combustión como en estos últimos años. Pero éramos felices cerca de la lumbre y de la radio de madera, con sus "partes" y sus seriales, cuando la televisión nos era ajena.

Mañana lunes se cumplirán 58 años de todo aquello. Fue también la fecha de la inauguración de la parroquia de un barrio, Cañero, que crecía, superando las innumerables deficiencias y carencias que desde un primer momento acompañaron a su construcción, gracias a la iniciativa, tesón y continuas reivindicaciones de sus vecinos. Fue y es un barrio marcado por el sello inconfundible de sus moradores; gente trabajadora, humilde, solidaria y siempre comprometida socialmente. Eran casas con un patio al que alguna vez, en verano, Amalia tapaba el desagüe y nos lo convertía en grandísima piscina, con apenas un año de edad. Tiempos en los que de la mano del padre, cordobés militante hasta sus últimos días, paseábamos por sus calles aprendiendo a distinguir entre Cañero Viejo y Cañero Nuevo. Años en los que Córdoba se nos antojaba una ciudad muy grande para nuestra poca vida. Con él y sin prisas recorríamos los domingos de infancia, calcetines blancos de croché marcándose en los dedos y vestidillos hechos por la madre, con olor a colonia fresca y flequillo mil veces repeinado por la abuela.

Eran tiempos de constantes preguntas que no siempre podía, o quería, contestar el padre: "¿Por qué esta calle se llama Lineros si ahí pone el de un hombre? ¿Por qué la calle Nueva y la del Sol si las placas dicen otros?" Y así, semana tras semana, perdiéndonos por Bataneros, Cedaceros, Badanas, Dormitorio o de los Muertos, cuando los domingos sabían a vaso de gaseosa y a medio de vino de la calle Pilero, Almonas, El Realejo, La Fuenseca, La Piedra Escrita, Los Santos Pintáos, El Zumbacón y El Alcázar Viejo o La Casa El Viejo, que nunca será San Basilio; el de la otra abuela con la casa preñada de flores de donde la madre "salió de novia".

El Alcázar Viejo de los apodos y del abuelo culiquemáo, primo del Niño Museo, que se ganaba la vida con su taxi al servicio del Simón o el Regina; el puesto en la Plaza La Mosca, muy cerca del Rescatáo y Los Apóstoles, donde le dieron el piso al tío paterno; los lugares de los peroles familiares, la extensa parentela y los amigos en El Granito de Oro, El Duende, El Cañito Basán, La Fuente la Palomera, El Puente Hierro o El Cerrillo que siendo niños nos dejaron semana tras semana las rodillas y los codos señalados.

Medina Azahara era Córdoba La Vieja y su avenida la de Los Cuarteles, la Plaza de José Antonio eran Las Tendillas, Miraflores fue Villa Cachonda, Vallellano siguió siendo El Charco La Pava y el barrio de la Catedral era donde está La Mezquita. Era cuando la avenida de América se nos antojaba inmensa, con un guardia en la puerta pesando camiones y carros. Nunca supimos para qué estaba aquel nombre que siempre nos evocó Italia: el Fielato.

Ahora que el tiempo ha pasado, tan deprisa, y el padre ya no puede respondernos, nos viene a la memoria la sentencia de Alhakén II ante el despropósito de cambiar la orientación del mihrab de la Mezquita: "Vence quien sigue la tradición". Y en Córdoba, cuando no se sigue, la ciudad la mantiene a espalda de las novedades.

Incluso en un barrio, de tradición obrera y guerrillera, Cañero, no dejará de llamarse así en la boca de los cordobeses, sea cual sea su credo y su voto.

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