Una joven prometedora | Crítica El objetivo denunciado, claro. Los medios, confusos

Carey Mulligan, en ‘Una joven prometedora’, una película candidata a cinco Oscar.

Carey Mulligan, en ‘Una joven prometedora’, una película candidata a cinco Oscar.

En la historia de la literatura el tema de la violación y la venganza tiene muchos siglos. Y en versiones mucho más duras y extremas que esta película que pasa por provocativa e hiriente. Baste recordar la historia de las hermanas Filomena y Procne. El rey Tereo, casado con la segunda, violó a la primera, le cortó la lengua para que no lo delatara y la encerró de por vida. Pero las hermanas se reencontraron y tramaron su venganza: mataron al hijo de Procne y Tereo, lo descuartizaron, lo guisaron y se lo sirvieron al padre violador diciéndole después que había devorado a su propio hijo. Comparado con los mitos y tragedias griegas todo parece ligero. En cine existió en los 70 el subgénero, más bien cutre, de violación y venganza con personajes femeninos como protagonistas. También tuvo en esa década su versión masculina en la que era el esposo o el padre quien llevaba a cabo la venganza: baste recordar la saga Death Wish de Bronson. El subgénero ha tenido continuidad tanto en su versión cutre-popular, fundiéndose con el cine oriental de vengadores, como en productos pretendidamente más aseados como Elle de Verhoeven o La seducción de Sofia Coppola.

El tema es lo suficientemente grave y por desgracia de ininterrumpida actualidad como para tomárselo en serio. En cine lo más habitual ha sido el tratamiento superficial que toma la violación como pretexto –además, aunque dé vergüenza escribirlo, como atractivo morboso– para justificar la posterior violencia extrema. En el caso de esta celebrada opera prima como directora de la actriz Emerald Fenell (muchos la recuerdan como la Camilla Parker Bowles del serial The Crown) podría interpretarse que su humor negro, sus excesos y sus colorines chicle son una reacción contra este tratamiento de la violación como gancho morboso y pretexto para la violencia.

El fondo está claro: la denuncia de quienes abusan de las mujeres bebidas o drogadas como si su vulnerabilidad fuera consentimiento. Pero la forma en que lo hace plantea problemas por el tratamiento, tanto visual como temático, de voluntario trazo grueso. Podría parecer en una lectura negativa que, bajo el pretexto de la denuncia, y tras una indigestión de Tarantino, la directora se recrea en el disparate jugando a la provocación, al colorín, al golpe de efecto y al humor más bien basto para gozo y recreo de una audiencia que en el fondo hace algo muy parecido a lo que hacía el público de los 70 –recrearse en la violencia– pero con la buena conciencia de que se trata de un cine hecho por mujeres que denuncia en clave de esperpento y humor negro la violencia machista que sufren. Pero existe otra lectura positiva: es un escupitajo a aquel cine de los 70 y a sus continuaciones que asume y extrema algunos de sus rasgos para volverlos contra él. He dicho que el tema es lo suficientemente grave y por desgracia de ininterrumpida actualidad como para tomárselo en serio, pero no olvido que el humor, cuando es inteligente, puede ser una forma muy seria de abordar las más graves cuestiones. Ninguna película ofendió tanto a Hitler –que la vio dos veces– como El gran dictador. Aunque en este caso, porque, como he dicho, para ello es necesaria mucha inteligencia, el humor como denuncia no tiene la efectividad deseada.

Su valor más sólido es la explosiva interpretación de esa gran actriz que es Carey Mulligan

¿Oportuna u oportunista? ¿Inteligente o lista? Si lo que pretende es el esperpento y la provocación, ¿por qué incurre en el sentimentalismo y el moralismo? Si es la crónica de una venganza cuidadosamente planeada a lo largo de los años, ¿por qué la protagonista parece una psicópata salida de un improbable Ejército de Salvación feminista? Además de estos problemas que tantas dudas suscitan hay que decir, en lo negativo, que el guión se va deshaciendo conforme avanza hasta llegar a un final que sacrifica la coherencia del relato al golpe de efecto; y sobre todo que la película promete transgresiones y provocaciones que después no ofrece. En lo positivo hay que decir que su valor más sólido es la explosiva interpretación de esa gran actriz que es Carey Mulligan. Que esta película, junto a Mank y Nomadland, sea una de las favoritas a los Oscar dice mucho (decida usted si bueno o malo) sobre el presente de la sociedad, el cine y la Academia.

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