Yalda, la noche del perdón | Crítica Justicia, espectáculo y bambalinas

Una imagen de la cinta iraní 'Yalda, la noche del perdón'.

Una imagen de la cinta iraní 'Yalda, la noche del perdón'.

Viendo Yalda y su sorprendente y enrevesada trama melodramática, piensa uno que esas cosas sólo pueden pasar en un país lejano sin derechos ni libertades como Irán, hasta que recuerda que aquí llevamos mes y medio asistiendo a los lloriqueos millonarios de Rociíto a propósito de sus problemas conyugales, los supuestos abusos y los litigios para recuperar el contacto con sus hijos, aplaudida incluso por una Ministra y otros pseudointelectuales que han dado pábulo y reconocimiento de verdad judicial a su relato.

No estamos tan lejos por tanto de ese país de plató, lágrima fácil y juicios paralelos que retrata con precisión y trepidante ritmo este filme iraní que, lógicamente, ha podido hacerse gracias al concierto de la co-producción internacional y al beneplácito de algunos festivales como Sundance, donde ganó el premio al mejor filme extranjero en 2020.

Cuenta Yalda, cuyo título hace mención a la noche más larga del año a la entrada del invierno, la historia de una mujer joven (desgarradora Sadaf Asgari) condenada por el asesinato de su esposo que acude a un programa de televisión para que la hija del fallecido (Behnaz Jafari) y el público le concedan el perdón que atenúe la pena (en este caso de muerte) ante audiencias millonarias ávidas de realidades truculentas y emociones fuertes.

Massoud Bakhshi (A respectable family) plantea su película desde un interesante foco velado y un hormigueo continuo que permiten ir descubriendo poco a poco a los personajes, el contexto y lo que sucede, una estrategia que posibilita ir dosificando los golpes de efecto que, de otra manera, hubieran parecido obra de un guionista demasiado caprichoso. En las bambalinas del plató, se revela entonces no sólo el drama íntimo y familiar, sino el gran fraude de las emociones prefabricadas, el perdón entendido como espectáculo y no como gesto moral o cultural, el funcionamiento del sistema de clases y, finalmente, la connivencia entre la política, la justicia, la televisión y el consumo para crear el espejismo de la verdad y la redención en horario de máxima audiencia.

Yalda ofrece así bajo un esqueleto del melodrama (ni se imaginan las revelaciones y giros hasta el último instante) todo un retrato social, un espejo levemente deformante de un país en el que, con la excusa de la tradición, todo tiene un precio. De hecho, ni siquiera el perdón podrá ya liberar a las mujeres de su culpabilidad natural.