La demagogia del langostino

El Gobierno andaluz celebra la previa del Consejo con un menú a 40 euros en Sanlúcar, donde la acedía fue la reina

La demagogia del langostino.
La demagogia del langostino. / EFE
Juan Manuel Marqués Perales

26 de marzo 2019 - 11:44

El langostino, ese bicho.

Llevo oyendo hablar de langostinos y política desde la Transición, cuando las malas lenguas contaban que Felipe González, al acabar un mitin en el Pabellón Fernando Portillo de Cádiz, se iba al Anteojo de Pepiño a chupar cabezas sanluqueñas. A José Rodríguez de la Borbolla le acusaron de pegarle al ácido úrico en París en un acto promocional de Andalucía en Francia, lo que además resultó ser falso, y al concejal comunista sevillano Antonio Rodrigo Torrijos lo sacaron en los papeles por una mariscada en Bruselas con los mayoristas de Mercasevilla. El elemento probatorio de su delito era esa fotografía que le ha pesado más que las sentencias de Mercasevilla: otro taponazo de la juez Mercedes Alaya, que acierta menos que las encuestas.

El Gobierno andaluz de Juanma Moreno ha celebrado consejo este martes en Sanlúcar, y la noche anterior se fueron a cenar a Casa Bigote. Ay, otra vez los langostinos, bichejos delatores de las liberalidades en las administraciones. El vicepresidente Juan Marín hizo de cicerone en su ciudad, pero los consejeros y consejeras no probaron el langostino, sino que se dieron a otros manjares sanluqueños como las acedías fritas, los chocos, las papas aliñás y alguna cosa de ésas que llaman tartar. A 40 euros el menú, que pagó cada uno, y que Marín había negociado con Fernando.

Susana Díaz, que estaba en Málaga con Pedro Sánchez Hoy Te Quiero Más Que Ayer Y Menos Que Mañana, se mofó de la derechona que se harta de langostinos en Sanlúcar, porque la ex presidente, y esto ya lo había contando antes, se come el marisco en su casa.

Está bien esta costumbre de Susana Díaz, pero convendría dejar algo claro, que a veces se olvida: en España, la gente ya no pasa hambre. Es decir, que no se va a una boda o una comunión para alimentarse ni a una copa para nutrirse, sino para departir. Hay que comenzar a dignificar estos encuentros tan mediterráneos después de tanta demagogia.

Cuando la corta de Aznalcóllar, Rafael Román, entonces presidente de la Diputación de Cádiz, organizó una degustación de bichos y otros peces en Bigotes porque los hosteleros de Sanlúcar temían que las imágenes del lodo negro sepultase sus negocios, aunque hasta allí no llegase la marea contaminante. Fue como lo de Fraga en Palomares, pero mucho mejor. Doy fe de ello, que es la primera vez que he visto angulas vivas escapando de la fuente como los caracoles por los azulejos de la cocina antes de ser cocidos.

Nada, pues, de particular. Si vas a Sanlúcar y no pruebas la manzanilla o los langostinos o las galeras o las acedías o las huevas o las papas, es como si el Consejo de Gobierno viaja al Valle de los Pedroches y no toma leche de Covap. Obligado.

Ahora le está bien empleado a los dirigentes populares que han vivido durante años de la demagogia del langostino, como la de las ayudas al alquiler de las viviendas de los consejeros, del Mercasevilla y de los enchufados de la Junta.

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