Tribuna

Salvador Gutiérrez Solís

@gutisolis

Segundas partes, los restos

Segundas partes, los restos Segundas partes, los restos

Segundas partes, los restos

Me gustaría dedicar todo este artículo a The Leftovers, que es la última joya que me ha proporcionado la televisión, o el cine que se emite por televisión como llaman ahora. Si contará con seis páginas de periódico, no creo que pudiera contarles el argumento, de qué va, aunque tal vez todo se resuma en una sola palabra: pérdida. Cómo reaccionamos, cómo nos sentimos, qué somos capaces de hacer para curarla. No sé. Me lo pienso un rato y lo intento unos renglones más adelante. Dicen que las segundas partes nunca fueron buenas, hasta que llegó Coppola y filmó ese universo cinematográfico que es El Padrino II. Tal y como me sucede con el Quijote, que cada ciertos años lo leo y lo celebro como un gran acontecimiento, porque para mí realmente lo es, de cuando en cuando me preparó una olla de espaguetis boloñesa y me paso todo un día viendo los Padrinos. Coppola nos quitó el miedo a las segundas partes, pero la realidad es que el refranero se sigue cumpliendo, más de lo quisiéramos, y tal vez por eso todavía no haya ido a ver Blade Runner 2049. Y lo acabaré haciendo, pero de momento no me he atrevido. Dentro de mi mitomanía cinematográfica, que es muy amplia y diversa, ciertamente, los replicantes ocupan un lugar de honor. Jamás me podré olvidar de esas lágrimas bajo la lluvia. Lo paradójico es que el primer Blade Runner fue una obra maestra tardía, como si se tratara de un vino, hasta que no pasaron los años, y viendo que se mantenía sin avinagrarse, no se habló con gravedad de la peli de Scott. No le sucedió lo mismo que a El Padrino o a La lista de Schindler, no, que fueron clasificadas como clásicos casi desde el mismo día del estreno. A Blade Runner le costó, pero lo consiguió. Podríamos hablar de otras segundas partes más o menos memorables, pero no hablemos nunca de eso que llaman remakes y que normalmente solo consiguen engrandecer la obra original. Psicosis, es un magnífico -y terrible- ejemplo.

Qué más les puedo contar de The Leftovers. Nada de la trama, que seguro acabo haciendo spoiler, y no quiero, sería mi última intención. La banda sonora, cómo juegan con las versiones, que se adhieren a la historia como una piel sonora que te roza la piel. Hablando de segundas partes, termino de dos sentadas la segunda de Stranger Things y me descubro ese sombrero metafórico que nunca es una realidad sobre mi cabeza. Sigue siendo ese batiburrillo de juveniles y efervescentes referencias ochenteras, de los Goonies a Super 8, pasando por E.T. y los Bicivoladores, con su poquito de Poltergeist y Alien, bien cubierto todo de laca en spray y banda sonora a la medida, de baile de fin de curso, como aliño. Y aún así, lo que ya no debería ser una sorpresa en esta segunda entrega, porque es más de lo mismo, nos sigue enganchando. Gran mérito el de los Hermanos Duffer, debo reconocerlo, que han diseñado un artilugio que funciona a la perfección, pero sin agotar la trama y sus personajes, tampoco el decorado, que en esta serie es tan fundamental, y sin agotar, sobre todo, al espectador. Todo lo contrario, te quedas con ganas de más, ya espero con impaciencia la anunciada tercera entrega.

No puedo decir lo mismo de mis queridos zombies de The Walking Dead, que desde hace dos temporadas, salvo algunos momentos honrosos, se han instalado en la decadencia y en el aburrimiento más atroz. Hasta el punto que la precuela sacada de la manga, Fear The Walking Dead, nada más que por ver a Rubén Blades, que por cierto borda su papel, ya me parece infinitamente más interesante. Pero volvamos a The Leftovers, que me disperso y no quiero. ¿Digo algo del asesino internacional? No, por favor, eso sería una auténtica maldad. La verdad es que no sé que contarles, y lo único que puedo hacer es animarlos a que la vean. Sólo les pido que no sean impacientes, que la primera temporada es la construcción de la trama y cuesta, como todo lo que merece la pena en esta vida, cuesta. Y tal vez esa primera temporada sea el peaje. Y finalizo, me voy, todavía no he guardado el disfraz. La de vueltas que he dado para darme el gustazo de no escribir sobre The Leftovers, cuando en realidad lo que pretendía evitar era enfrentarme a Puigdemont y su realidad virtual. En este último caso, deseo que no haya segunda parte.

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