Francisco Onieva. Escritor

"No quiero caer en la idealización del sentimiento"

  • El poeta presenta mañana en Córdoba 'Vértices', la obra con la que ganó el premio Gil de Biedma, en la que tienen cabida la emoción y la reflexión.

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El ciclo Letras capitales del Centro Andaluz de las Letras recibe mañana (Delegación de Cultura de la Junta de Andalucía, 19:30) a Francisco Onieva, que presentará Vértices, el libro con el que ganó, ex aequo con Jacobo Llano, el XXVI Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma, publicado por Visor. Nacido en 1976, el cordobés, que es profesor de Lengua Castellana y Literatura en el IES Antonio María Calero de Pozoblanco, recogió el galardón el pasado jueves en Segovia.

-¿Qué supone esta obra en su trayectoria?

-Es el proyecto más ambicioso en el que he trabajado y quizá la obra más autobiográfica, en la que hablo más de mí sin tapujos. Eso ha hecho que el proceso de escritura haya sido más costoso. No quería caer en la confesión sentimental, así que ha sido un proceso de escritura y reescritura bastante largo, prácticamente ocho años y medio de trabajo. Hablar de la paternidad y conectarlo con la creación literaria puede provocar que caigas en lo tópico, en lo edulcorado, y yo quería evitar eso. Creo que es una obra más madura y ambiciosa que las anteriores, y mucho más introspectiva.

-¿Cómo se consigue proyectar la intimidad sin caer en lo confesional?

-Creo que es complicado. Había que buscar el punto medio entre la emoción que uno siente en un momento determinado y el tratamiento literario de esa emoción para crear una emoción en el lector, que a fin de cuentas es lo que un poema tiene que hacer. Un poema debe, más que contar la emoción del autor, crear una emoción en el lector. Lo he hecho distanciándome mucho y dejando reposar el poemario, y con mucha cautela: cuando veía que estaba hablando demasiado de mí me decía que tenía que parar. Empecé el poemario cuando mi mujer estaba embarazada de mi primera hija: lo he parado, me he tenido que distanciar mucho, lo dejaba cinco o seis meses y me centraba en los relatos de El extraño escritor y otras devastaciones... Eso me servía para tomar distancia y sentar las bases para que la emoción sea compartida por el lector y no un desahogo sentimental.

-¿A qué vértices alude?

-Fundamentalmente hay dos vértices. El poemario nace de una dualidad, tiene un doble núcleo temático: por un lado, las dudas, las incertidumbres, la redefinición de fronteras que supone ser padre; por otro, conectado con eso, las dudas e incertidumbres de las que nace la creación literaria. Con esa dualidad se teje el poemario. En ese doble núcleo, los vértices son por un lado mis hijas, que son las que dan sentido a la existencia, y por otro los vértices sobre los que se sustenta mi escritura poética: la emoción, la reflexión, la musicalidad, la inteligencia, el pensamiento, la desnudez y la sugerencia.

-El jurado destacó el tono celebrativo de la obra.

-Sí, puede tener cierto tono celebrativo. Parte de una experiencia optimista, positiva, una de las experiencias más importante que he podido sentir: ser padre. Pero no quiero caer en la excesiva idealización del sentimiento. Lo abordo más desde la incertidumbre y desde esa redefinición de fronteras que supone el hecho de amar y de escribir. Es en parte celebrativo pero no hay una falsa idealización del mundo o una afirmación de que todo es perfecto. Sin que sea una poesía social ni de denuncia se inmiscuyen en el libro las grietas, las injusticias de la sociedad actual. El yo poético encuentra en la paternidad, en sus hijas, un refugio frente a la hostilidad del mundo. Tenemos el mundo que tenemos, con sus fallos, sus grietas y sus injusticias, pero creo que es un mundo digno de vivir y hay que luchar para hacerlo más habitable. No quiero caer en lo celebrativo sin más.

-¿Cuánto hay de reflexión sobre la propia identidad literaria?

-Es algo que tiene bastante peso. Por un lado reflexiono sobre el hecho de ser padre y sobre una creación de identidad de género que supongo que afecta a los hombres de mi generación. Estamos experimentando la paternidad de una manera distinta y esa nueva sensación se está empezando a plasmar en libros, en poemas... He intentado que en la obra, sin ser metapoesía, haya una reflexión sobre lo que yo quiero y por dónde debe discurrir por lo menos una parte de la poesía. Ahora que tanto se habla de la renovación de la poesía en este inicio del siglo XXI y que se plantean tantas formas o vías para renovarla, yo planteo con este libro una de las vías de renovación, quizá menos mediática que otras, mucho menos transitada, que parte de una mirada a la tradición, a una parte de la mejor poesía del siglo XX, con grandes referentes de finales del siglo XX que se proyectan hacia el XXI. Planteo esa poesía reflexiva, de pensamiento, de emoción, con mucha presencia de la naturaleza, de cierto carácter intimista y que busca una renovación a través del lenguaje, que es consciente de que el lenguaje está desgastado y connotado y utiliza el símbolo para renovarlo. Creo que es un camino por el que puede discurrir la poesía de las próximas décadas. Este libro reflexiona sobre eso, sobre la dificultad de compaginar las distintas facetas de la vida con la de creador y sobre las dudas que va creando la apuesta que uno va tejiendo. Creo que es el libro en el que más claramente he reflexionado sobre mi propia obra.

-El premio Gil de Biedma y la publicación en Visor suponen un salto importante en su trayectoria...

-Sí, un sueño hecho realidad, aunque suene a tópico, sobre todo después del fiasco del premio Cáceres, que se suponía que salía en Visor pero no fue así. Es uno de los premios de referencia a nivel nacional. Estoy un poco abrumado por la repercusión que ha tenido y la responsabilidad que supone.

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