Crítica de Música

Fiesta, danza y humor

Un momento del concierto de la Orquesta de Año Nuevo. Un momento del concierto de la Orquesta de Año Nuevo.

Un momento del concierto de la Orquesta de Año Nuevo. / jordi vidal

Los tres ingredientes básicos de los conciertos de Año Nuevo (valses, ambiente de celebración y buen humor) se dieron cita con creces en la velada del pasado martes, segunda entrega, tan exitosa de público como la del día anterior, del Concierto de Año Nuevo 2018. Se presentaba un programa de enorme variedad e interés y la Orquesta de Córdoba, liderada para la ocasión por Miquel Ortega, lo hizo sonar con esmero durante las más de dos horas, propinas incluidas, que duró el espectáculo.

Éste arrancó con una brillante interpretación de la obertura de la opereta cómica Fatinitza del compositor austrohúngaro Francesco Ezechielle Hermenegildo Cavaliere Suppe Demmelli, el famoso Franz von Suppé (1819-1895). Miquel Ortega ofreció una lectura refinada y llena de sutilezas que fue muy valorada por el público que llenaba el Teatro Góngora. Para continuar (y entrar de lleno en el ambiente distendido que Ortega y la Orquesta de Córdoba quisieron dar a la velada) llegó el turno a una selección de tres piezas de la música paródica para cuarteto de cuerda Minimax de Paul Hindemith (1895-1963). Escrita entre las dos grandes guerras, en 1923, la obra lleva el elocuente subtítulo de Repertorio para orquesta militar. La palabra Minimax del título alude tanto a una marca de extintores de incendios, como a los nombres de Max y Wilhelmine (Minzi) von Fürstenberg, mecenas de un festival de música con el que Hindemith estuvo vinculado. Miquel Ortega iba fingiendo desesperación ante las barbaridades musicales e interpretativas ingeniadas por el humor de Hindemith para acabar expulsando, entre protestas, a toda la sección de cuerda.

Y así llegó la tercera obra de la noche: un arreglo de la conocida marcha The belle of Chicago de John Philip Sousa (1854-1932), el rey de las marchas militares. Ortega se transmutó en un director de banda y dejó la batuta para dirigirla con un bastón mágico. Al terminar éste se convirtió en dos pañuelos. Y el director no dudó en anudarse al rostro el negro (también los percusionistas se animaron con toques de atrezzo) para afrontar el galop del bandido.

Efectivamente, el Galop del bandido e Historias de los bosques de Viena (otro gran momento interpretativo de la velada) de Johann Strauss II (1825-1899) fueron las piezas que coronaron la primera parte del concierto, dejando un excelente sabor de boca en el respetable.

La segunda parte continuó con bromas, evocaciones y festejos. La irónica inclusión del pasacalle de la revista de Federico Chueca (1846-1908) El año pasado por agua, en alusión al muy lluvioso año de 1888 en Madrid, dio paso al momento mágico que supuso Córdoba de Isaac Albéniz (1860-1909).

Tras evidenciar, con una larga pausa, el concierto de toses y sonadas de nariz que se celebraba en el patio de butacas, Miquel Ortega, citando a Pau Casals, pidió un esfuerzo de silencio para poder disfrutar las sutiles orquestaciones de Albert Guinovart (1962) de las dos piezas de Albéniz que venían (Córdoba y Cádiz). Hizo alusión también a ese tributo de admiración que tres españoles de Cataluña (Albéniz, Guinovart y él mismo) rendían a nuestra ciudad. Las dos obras sonaron con maestría y emoción.

La marcha fúnebre para una marioneta de Charles Gounod (1818-1893), vuelta clásico popular por los programas de Alfred Hitchcock, introdujo un interesante contrapunto antes del tramo final.

El final de fiesta fue a base de la chispeante obertura de la opereta Cándido de Leonard Bernstein (1918-1990), un inspirado potpurrí de villancicos tradicionales del propio Miquel Ortega (1963) y las tres propinas de rigor: El bello Danubio azul, la polka Truenos y relámpagos y la Marcha Radetzky. Todo muy bien interpretado y largamente aplaudido por el público.

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