Crítica de músicacine

Beethoven jovial

Lorenzo Ramos, dirigiendo a la Orquesta en su primer concierto. Lorenzo Ramos, dirigiendo a la Orquesta en su primer concierto.

Lorenzo Ramos, dirigiendo a la Orquesta en su primer concierto. / el día

El arranque de la temporada de abono de la Orquesta de Córdoba nos brindó el placer de escuchar juntas dos hermosas sinfonías. La segunda y la octava son obras del Beethoven más jovial, el del ánimo desabrochado (aufgeknöpft), como él mismo definió esa faceta de su carácter, que también sabe poner el talento al servicio de la alegría de vivir.

La segunda sinfonía alberga el que, a mi juicio, es uno de los movimientos más inspirados del genio de Bonn. Me refiero al segundo tiempo, una de esas joyas del esquema sonata que comienza anunciando previsibilidad e intrascendencia para, como el que no quiere la cosa, llevar al oyente por paisajes sombríos y atmósferas mágicas que no se esperan… Y traerlo luego de vuelta a la candidez inicial con el ánimo totalmente cambiado; emocionado. Aunque Ramos eligió un tempo acaso demasiado lento, él y su orquesta supieron mantener a flote la profundidad y maestría de la pieza dejándonos a todos con la boca abierta. En los otros movimientos, hubo de todo en la interpretación: momentos de altura musical y emoción (primer tiempo) y otros empañados por ligeros desajustes (Finale).

Lo mismo ocurrió en la segunda parte con la Sinfonía n. 8 en fa mayor, cuyos numerosos encantos fueron unas veces resueltos con brillantez (el metronómico Allegretto scherzando, por ejemplo) y otras (último movimiento, especialmente) con cierta sensación de desajuste que, en mi humilde opinión, no mermó mucho el disfrute que se respiraba en la sala (de acústica más clara, que la del Gran Teatro, por cierto) y que se manifestó con largas y merecidas tandas de aplausos.

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