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La aceituna que ya viene
La aceituna que ya viene
El inicio de la campaña olivarera llena los campos de cuadrillas de trabajadores · Familias enteras, como la de Manuel Ayala y Carmen Ruano de Nueva Carteya, basan su economía en la recogida de este fruto
Juan Ruz / | Actualizado 02.11.2008 - 11:43La campaña de la aceituna ya está marcha. Abre las puertas a una oportunidad de trabajo para familias enteras, que se adaptan sin problemas al proceso de mecanización que se ha extendido en el campo en los últimos años pero que siguen preservando tradiciones, comportamientos y códigos propios de las cuadrillas de aceituneros de siempre.
Uno de los pueblos jornaleros por excelencia en Córdoba es Nueva Carteya, frontera entre el Guadajoz y la Subbética y donde el olivo es el árbol sagrado sobre el que gira la actividad laboral de sus habitantes. Aún de madrugada, Carmen Ruano sale de su domicilio en el número 12 de la calle San Juan para comprar el pan. Está terminando de preparar el bolso de la comida –tradicionalmente llamado talego o talega– para ella y su hijo Manuel, al que cariñosamente llaman Manolín. Su esposo, Manuel Ayala, es el que dirige la cuadrilla, pero otras tareas laborales le impiden hoy salir al campo.
La casa de la familia Ayala Ruano es el centro de reunión del resto del grupo, que poco a poco va llegando, porque antes de que el reloj marque las 07:30 hay que salir hacia el Cortijo de Frías, la finca en la que trabajarán, seguramente, los próximos tres meses.
Al punto de partida van llegando Jesús Urbano (yerno de Manuel y Carmen), Antonia Ruano y Antonio Priego (hermana y cuñada de Carmen) y Susana Granados (futura nuera de Carmen), a la que también acompaña su hermana Vanesa. Casi todo queda en familia. El grupo lo completa Juan López, vecino de los Ayala.Antes de partir, Manuel Ayala recuerda cómo ha cambiado el papel de la mujer en la recogida de la aceituna, pasando de ocuparse de coger las olivas del suelo a “casi igualarse” con los hombres. “Con la nueva maquinaria se logra sacar más rendimiento a los trabajadores”, sentencia Manuel mientras despide a la cuadrilla.Antes de las 08:00 el grupo llega al cortijo. El termómetro apenas marca dos grados centígrados y el frío invita a empezar ya la jornada. Toda la maquinaria está dispuesta y, como siempre, lo primero es extender los fardos (o lienzos) sobre los que luego caerá el fruto.
Muy lejos en el tiempo quedan las largas y pesadas varas de madera con las que golpear el árbol. Ahora son de un material mucho más ligero. En la cuadrilla del Cortijo de Frías, tres hombres varean mientras que el vibrador mecánico, siempre bien dirigido por Manolín, zarandea el olivo hasta intentar ordeñarle la última aceituna. Carmen barre dentro del lienzo para separar las hojas de las olivas, desecha las ramas que un poco más tarde servirán para hacer un fuego con el que paliar el frío. El silencio de otros tiempos, cuando sólo se escuchaban las conversaciones de los trabajadores, se ha cambiado por el rugir de motores del vibro, los tractores o incluso la más moderna moto de cuatro ruedas (los quads), con la que Susana arrastra los fardos de un olivo a otro. Mientras vuelcan el fruto de los lienzos en la pala hidráulica, la más veterana de la cuadrilla, Antonia, no para de hablar con Vanesa. “Nosotras que podemos charlamos de mis niños, de su novio o de lo que no se nos ocurre”, señalan.
A las 10:00, el grupo se detiene. Es la hora del bocadillo. El frío ya es historia y hay que reponer fuerzas para continuar hasta la hora de la comida. Otro momento mágico en el que se prende el fuego, se calienta el pan o se tuestan algunos chorizos, dependiendo de la temperatura. Cuando son las 17:15 la cuadrilla está ya de vuelta en Nueva Carteya, con la satisfacción del deber cumplido, de haber recolectado casi 9.000 kilos de olivas y mirando al cielo, por si anuncia agua y evita que mañana se trabaje. La aceituna ya está aquí y la cuadrilla sabe que es su sustento y el de sus familias, el trabajo que les permite construir ilusiones y realizar algunos sueños.










