Frutas, viñetas y hortalizas

Un volúmen recoge la historia del tebeo valenciano, cuya cantera es una de las más amplias y relevantes del cómic español · La obra abarca desde 1965 hasta 2006

| Actualizado 13.09.2010 - 05:00
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Una de las ilustraciones de Miguel Calatayud.

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No soy yo de esos que cuando escuchan la palabra "Valencia" salivan imaginando una paella o los productos de la huerta, ni de los que piensan seguidamente en las Fallas o Mario Kempes, por redondear el tópico. Y no es que no me guste el fútbol, la juerga, las frutas y hortalizas o el arroz bien aliñado, todo lo contrario, en esto soy idéntico a cualquier hijo de vecina. Sucede que cuando alguien nombra Valencia lo primero que me viene a la cabeza son sus tebeos. Porque sabrán ustedes que, en esto de las viñetas, la cantera valenciana es una de las más amplias y relevantes de nuestra historieta -quizá los que me conocen añadirían que, se hable de lo que se hable, siempre pensaré primero en tebeos, pero eso no invalida el argumento.

Jaimito, El guerrero del antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín o Pumby son sólo algunos ejemplos del legado tebeístico producido en la Valencia posterior a la Guerra Civil. Y la nómina que participó en lo que se ha dado en llamar Escuela Valenciana de historieta -me refiero ahora a la primera de ellas, la que fructificó entre los años 40 y 60 del pasado siglo- es extraordinaria: Gago, Karpa, Palop, Sanchís y Vañó se cuentan entre el nutrido número de artistas que trabajó en editoriales como Valenciana o Maga. Una nómina, ya digo, que merece un sitio prominente en la historia del tebeo español.

Aunque confieso mi debilidad por el conjunto de creadores con idéntica denominación de origen que comenzó a sorprender a propios y extraños a comienzos de la década de 1980, la Nueva Escuela Valenciana, con sus Mique Beltrán, Micharmut, Sento y Daniel Torres a la cabeza, traviesos reformadores de la línea clara -y a los que cabría sumar el alicantino Miguel Calatayud, un demente, un inclasificable, un genio situado a caballo entre generaciones y que guarda ciertas semejanzas estéticas con estos últimos.

Sucede que aún hoy, requeteconsumada la desintegración del tebeo patrio, una legión de valencianos pasea el palmito por las mesas de novedades, no diría como último reducto de la Galia ocupada, pues no queda ya apenas una pulgada sin conquistar, sino más bien como esas hermosas ascuas que se siguen de toda hoguera. Los hay que han encontrado su nicho en nuestro mercado -es un decir- luego de haber publicado aquí, allí y en francés, como el multipremiado Paco Roca y sus Arrugas, pero también los hay que sobreviven a la española, esto es, sobre el alambre, como mi querido Carlos Maiques, por citarles sólo un par de ejemplos.

En fin, puestos a examinar con detalle la historia del tebeo valenciano, no se me ocurre nada mejor que recomendarles la lectura del libro colectivo Viñetas a la luna de Valencia. La historia del tebeo valenciano. 1965-2006, dizque segunda parte de Clásicos en Jauja. La historia del tebeo valenciano, aquel magnífico trabajo en solitario de Pedro Porcel en el que se daba cumplida y exhaustiva cuenta del periodo anterior a 1965. Los edita ambos De Ponent, uno de esos locos y escasos pobladores, ahora sí, de la pulgada irredenta.

l crashcomics.blogspot.com
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