LA JORNADA

Cuando estrenan los que tienen manos

  • La hermandad de la Borriquita aglutina el mayor contingente infantil de una jornada en que los niños son los protagonistas · La ropa de la nueva temporada y las cámaras fotográficas inundan las calles en una mañana luminosa

El Domingo de Ramos nace cada año bajo el peso del tópico de un refrán que ocupa el top ten de la paremiología patria. La misma luz del día invita a celebrar la fiesta en la calle, cumpliendo el rito de estrenar algo, lo que sea, para comprobar con satisfacción que sí, que se tiene manos. A esta fiebre por el estreno simbólico contribuye cada año el cambio de estación, porque la llegada de la primavera invita a renovar el armario y, por tanto, a prever lo que se va a necesitar y lo que se guarda para lucirlo por primera vez el día en el que sale la Borriquita.

Globos y arropías. La espera de una procesión requiere de un avituallamiento adecuado. Hay quien se conforma con el clásico paquete de pipas y hay quien necesita de la parada obligatoria en un bar o taberna para la ingesta de alguna delicia más contundente. La oferta que se da en el primer supuesto se puede ver en cualquier parte de la ciudad, aunque con más profusión en el centro, donde convergen todas las hermandades. En la calle Gondomar, en Manuel de Sandoval, en Góngora o en la esquina de Colón con Torres Cabrera se alzan estos quioscos efímeros donde se combina el coco duchado con el algodón dulce, los altramuces o las almendras garapiñadas.

Pero puede ocurrir, y así sucede a menudo, que algún niño no se conforme con la golosina, que esté empachado de estar en brazos de su padre y de ver capirotes que no comprende. Para calmar estas situaciones están los globos de colores, esos que son capaces de fastidiar cualquier perspectiva de una procesión por ocupar demasiado protagonismo o cercanía al cortejo.

La fiesta de la imagen. El caracter fetichista de la sociedad actual tiene su fiel reflejo en el comportamiento de la colectividad durante la Semana Santa. La cámara fotográfica ha pasado de ser un elemento al que se recurría en ocasiones excepcionales a formar parte de nuestras vidas a diario. Ya no se entiende salir a la calle sin la cámara en el bolsillo, y menos en un día como el de ayer. Además, las nuevas tecnologías hacen posible que este recurso vaya incorporado en el teléfono, por lo que no hay momento que se escape.

La mañana del Domingo de Ramos, –que combina la procesión de la Borriquita, los estrenos de la temporada, el niño con el globo o la bolsa de gusanitos y el colorido de la Semana Santa incipiente– es el momento propicio para que las cámaras se desenfunden desde el primer momento y no paren de inmortalizarse momentos que no tienen parangón con el instante en el que primogénito se viste por primera vez con los colores de la hermandad de la familia. El dedo no se separa del pulsador y las instantáneas se pueden contar por decenas.

Que no falten los niños. Un Domingo de Ramos sin niños habría perdido toda su personalidad. Desde los que abarrotan las aceras en compañía de la familia en pleno, a quienes ya cumplen con cometidos específicos dentro de los cortejos procesionales. Son las esclavinas que portan las cestas con el carbón, o que facilitan los pabilos a los celadores de tramo para que no esté apagado ningún cirio. Son misiones modestas, pero imprescindibles en toda procesión.

Siempre se ha dicho que la hermandad de la Borriquita es una escuela de cofrades, puesto que en ella aprenden cada año muchos niños a salir a la calle, a no romper la fila, a cumplir con el cometido que tienen encomendados como cofrades. Esto es verdad, puesto que el primer hábito que vistieron muchos miembros de otras hermandades fue el de la hermandad matinal del Domingo de Ramos. Pero también es verdad que de unos años a esta parte, cada cofradía tiene su pequeña escuela, su sección de esclavinas –como la que estrenó ayer la procesión del Rescatado– donde se curten los más pequeños en lo que debe ser una estación de penitencia como Dios manda.

Cuando caía la tarde, los niños seguían en la calle, como protagonistas de su día, pero no disimulaban el cansancio de estar desde por la mañana viendo capirotes. Cuando llegan a su casa, sólo les queda la referencia de una bola de cera como testigo mudo de una jornada en la que han aprendido algo nuevo.

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