Ahora que hemos estrenado 2018 y todos hemos vuelto a recibir montañas de buenos deseos de familiares, amigos, conocidos..., además -como ocurre también cada Nochevieja- de haber reseteado nuestros propios propósitos para los próximos 12 meses...permítanme que les ofrezca una reflexión que viene a cuento desde mi propia experiencia. Y si les sirve a ustedes, pues mejor que mejor. Allá voy. Muchos son los días en los que recuerdo a ese gran hombre que fue Rafael Caballero, pero cuando más me acuerdo de él es en estas fechas navideñas, sobre todo en Año Nuevo, porque fue un día de Año Nuevo, recién muerto mi padre, cuando ejerciendo de padrino -algo que en mi caso ejerció con sobresaliente- me dio uno de los mejores consejos que se le pueden dar a alguien a quien quieres, a quien de verdad te importa: "No pierdas el tiempo, porque el tiempo que pierdes ya no vuelve". Desde entonces, muchas de las veces que coincidíamos me lo repitió en infinidad de ocasiones.

Como también me repitió en infinidad de ocasiones que uno no puede ser feliz cuando tiene demasiadas cosas en la cabeza que le preocupan, vamos cuando te comes la olla demasiado y sin motivos, que diría uno de mi generación. Me insistía en la necesidad de limpiar la mente de esas vanidades que me solía montar en ella y que sólo acababan, como él me insistía, por hacerme infeliz. "Estás preocupándote por cosas que igual no llegan a pasar, preocúpate por ellas cuando pasen", me decía. Esos consejos positivos que gustaba de darme durante aquellos fines de semana en los que me invitaba a comer a su casa -todos los fines de semana prácticamente de mi época de instituto- eran los de una persona sabia, curtida en mil batallas de la vida en una época de la historia de España difícil y en la que ejerció de jefe de Correos en Belalcázar y de comerciante -en una época en la que había que tener dos empleos para sobrevivir y a Dios gracias-. Rafael quería aportarme esa su sabiduría en unas conversaciones a las que a veces no les eché la suficiente cuenta "porque no escuchamos". Ya me lo decía también él: "¿sabes cuál el gran problema de las relaciones humanas?, que no escuchamos al otro, que pretendemos que nos escuchen a nosotros y lo que dice el otro nos importa menos".

Podría llenar un periódico con los consejos de Rafael, esos consejos que a él le salían del corazón y que yo entonces no supe apreciar todo lo que debería. En estos momentos en los que llega un Año Nuevo los recuerdo y le recuerdo a él. Le echo de menos y echo de menos esas conversaciones que ahora cuando las pienso me dicen mucho más que entonces cuando mi adolescencia impermeabilizaba mi mente contra la madurez. Gracias por tanto, padrino.

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