Crónica Levantisca

Juan Manuel Marqués Perales

jmmarques@diariodecadiz.com

Un alicate

Los puertos de Málaga, Vigo, Valencia, Génova y Cartagena son abiertos; nosotros seguimos como entre las dos Coreas: vallas

Anoche tuve un sueño: me regalaron unas tenazas y fui cortando vallas, cercados, verjas y alambradas desde Ayamonte hasta Pulpí. Un alicate liberador. Las mallas cinegéticas, las vallas de la isla de la Cartuja, los alambrados del AVE, la de Gibraltar, la del muelle de Cádiz, las que impiden el paso por las cañadas, la amarilla que coloca el operario de no sé qué empresa para cortar la calle para arreglar no sé qué cosa, la de pinchos que separa propiedades de secano allí por donde nadie pasa, la de la Base de Rota, la del rodeo... la vasta extensión andaluza está jibarizada por miles de pequeñas parcelas para tranquilizar nuestros sueños nocturnos y paliar los miedos.

Esto ya es muy antiguo, señores, la seguridad no se escribe con barras de acero, sino impresa en las leyes: si hasta en los bancos el cajero ha dejado de estar protegido detrás de ese cristal de diez centímetros de grosor.

Ahora que se conmemora el 25 aniversario de la conmemoración del quinientos aniversario del descubrimiento de América -hay ciudades que se empeñan en vivir en una noria temporal-, el alcalde de Sevilla, Juan Espadas, debía de proponer un plan para convertir la Cartuja en una isla libre de vallas: que cada cual se pagase la seguridad de su pabellón y que los taxistas dejasen de perderse en ese laberinto de barras blancas, que Sevilla conquistase ese espacio como el del 29 se integró en la ciudad. Pero para valla la del puerto de mi ciudad, Cádiz. Ésta sí que es perenne, ya pasaron los tiempos en los que en el muelle de Cádiz robaron un cobertó y que los fardos de Pericón con las partituras del flamenco se repartieron por toda Andalucía.

En Cádiz se debate ahora qué hacer, como si Málaga, por ejemplo, quedase tan lejos. Hay ciudades que conmemoran, como Sevilla, y otras que debaten, como Cádiz, para disimular su sesteo, su inacción. En Málaga han abierto un cantil a la ciudad, en el puerto hay restaurantes, tiendas que no cierran, cafeterías, un aula del mar y hasta un edificio de la Junta; un magnífico parasol sombrea un paseo para correr, para andar y para ligar, y la actividad propia de los muelles no ha decaído. La ciudad enjaulada entre los montes y el puerto es hoy una urbe abierta al mar. Lo mismo en Cartagena, Valencia, Barcelona, Palma, Génova, Vigo y La Coruña, aunque en Nápoles, eso sí, hay más vallas que en la frontera de las dos Coreas. Un derribo, un retranqueo, una nueva plaza del mar, un alivio, turistas, paseos, hoteles. Anoche tuve un sueño: me regalaron un alicate.

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