Singladuras

alfredo Asensi

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EN esta transición hacia lo poshumano hay un gusto por la paradoja y una perversión de comodidad. Estamos en una prefase poshumana, que es la más divertida, en la que se ve como travesura lo que más tarde será trauma. Cultivaré dentro de mí escrupulosamente lo inimitable, escribió Cummings, lo inimitable de la soledad, a contraestilo de un tiempo en el que el hombre va cediendo cada día terreno, regalando competencias, rebajando potencialidades, abdicando con gozo, sumándose a la construcción de un gran conglomerado de melodía única y color invariable en la respiración de lo imitativo, lo asimilado y lo convergente, una estructura perfecta para sintonizar con la nada del todo, un mundo feliz. Para los más sensibles o los más estúpidos quedará como debilidad del día la nostalgia de cuando la vida era cierta, como dice Sánchez Rosillo, pero el siglo tiene su pavimento, su norma, su cauce irreversible y un ritmo perfecto de rumores y símbolos en el que, con Ashbery, todas las cosas parecen menciones de sí mismas. La transición hacia lo poshumano está todavía en la búsqueda de un lenguaje legitimador, pero da igual que no lo encuentre porque ya el hombre está entregado.

Cada época tiene su crimen y su castigo y ahora estamos en el tramo último de la perpetración. Raskólnikov mata a la vieja usurera y se ve obligado a quitar también de en medio a su hermana, qué iba a hacer el muchacho, no había otra opción, daño colateral, nadie la echará de menos. En eso estamos.

Pero nunca la vida fue cierta sino una espera de que lo fuese, la vibración de una promesa, una luz al fondo, el cosquilleo de una aproximación. De la dicha, apunta Umbral, solo tenemos el recuerdo: nunca tuvimos la experiencia. Siempre se está en una navegación y siempre hay una Troya al final, así que como compensación o como rebeldía no está mal empezar el año con los poetas de Grecia y su literatura del mar, a los que Aurora Luque dedica una antología en Acantilado. Al mar se parece la mujer, dice Semónides, y Meleagro canta la pena de los náufragos de tierra firme: "Acoged, bebedores, al que evitó, en la mar, / al mar y a sus piratas, pero en tierra se pierde". Este libro, Aquel vivir del mar, produce el milagro de un múltiple, inabarcable, adictivo sumergimiento.

En el mar donde empezó Europa, mar de esmalte, en el horizonte incalculable de la imaginación helénica flotan hoy los cadáveres de los que ignoraron el reproche de Apolónides.

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