Córdoba-Hércules

Amor a quemarropa (4-2)

  • Un 'hat trick' de un inspirado Uli Dávila y la buena actuación de Pacheco conducen al CCF a una nueva victoria en casa que lo devuelve a la zona de 'play off'. Las dudas en defensa dieron vida al Hércules hasta el final.

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El amor es un impulso que te hace sentir vivo. Ya sea pasional, incierto, inmediato o platónico, lo más importante es dejarle un lugar privilegiado dentro de la dieta diaria. Sentir ese cosquilleo al ver aparecer a esa persona con la que compartirías todos los días de tu vida es una sensación indescriptible. Hay que saborearla y sentirla, mientras más mejor, sin dejar que nadie te la cuente. Aunque, como suele ocurrir con las cosas que no sólo dependen de uno, esto pueda significar tener que torear con algún sufrimiento que otro. Es una apuesta que merece la pena vivir, sea cual sea el final. Porque uno, al apostar, siempre piensa que le va a tocar ganar. Y así, visto desde el prisma del optimismo, todo se lleva mejor. Es algo con lo que suele convivir el cordobesismo desde tiempos inmemoriales. La ilusión con la que uno espera la llegada del fin de semana para estar al lado de los suyos a la orillita del río, sea cual sea la climatología, haga viento, lluvia o frío polar. Porque siempre confía en que saldrá de El Arcángel con una sonrisa de oreja a oreja, feliz por haber estado un ratito con esa pareja compartida por tantos otros fieles que, si bien otras veces ha estado más esquiva, ahora lleva una temporada de lo más dócil. Regalando abrazos, risas y hasta besos, viviendo un idilio que, de no romperse, puede tener el mejor final imaginable, allá en lo más cercano al cielo.

Esa amada que viste de blanco y verde llamada CCF no deja de dar alegrías en su casa, donde siempre es día de fiesta. Nadie ha conseguido aún robarle la cartera, y lo más es que a algunos les ha regalado un bono descuento para el futuro. Algo que a punto estuvo de conseguir el Hércules, un invitado incómodo a más no poder, de esos que piden y piden, pero a los que se les suele coger en un rehuso para satisfacción personal. Sólo así se explica lo que ayer, bajo un sorprendente manto de agua, se vio en El Arcángel. Un partido de esos de ida y vuelta, con muchas llegadas y bonito para el que está sentado delante del televisor, pero de los que pone de los nervios a todo el que sienta los colores de los que están sobre el verde, especialmente si uno se juega el pan. Una batalla en la que dos guerreros americanos, el mexicano Uli Dávila y el argentino Pacheco, se echaron toda la responsabilidad a sus espaldas y, por fin, firmaron una actuación como la que de ellos se esperaba desde que fueron anunciados a última hora del mercado como refuerzos de lujo del proyecto.

Ambos formaron parte del once titular junto a Xisco. Era lo anunciado, porque básicamente no hay más cera donde rascar. Un equipo súper ofensivo para tratar de olvidar en el baúl de los recuerdos la serie de tres empates consecutivos y poder volver a la zona de privilegio de la clasificación. Todo ante un rival en descenso, pero con un potencial enorme al que sólo sus facilidades defensivas lo volvieron a condenar en Córdoba. Porque, aunque el conjunto de Villa también estuvo impreciso atrás, sí tuvo el sostén de Saizar cuando la ocasión lo requería -algo que ocurrió menos con Aulestia-, evitando un susto mayor que el que ya de por sí ofreció un encuentro que estuvo abierto hasta el final y que sólo se decidió en el minuto 90.

Fue entonces cuando Uli Dávila decidió convertirse en el protagonista indiscutible del partido, dejando en un segundo plano a un Pacheco que lo había bordado anteriormente. El mexicano se había estrenado, por partida doble, con dos tantos de cabeza en los que sacó todas las vergüenzas de la zaga alicantina. Un hombre de 160 centímetros, en dos jugadas calcadas, le ganó a un gigante como Pamarot. Para fusilar al francés, y a sus compañeros en esas tareas, pendientes de las musarañas. Pero con eso, afortunado y oportuno, no puede vivir un jugador que tiene el sueño de estar en Brasil dentro del campo, no en la grada. Algo a lo que puede ayudarle marcar golazos como el que cerró la contienda, con la diestra, desde la corona del área y buscando la escuadra. Una genialidad como las que ha dejado caer en más de un entrenamiento y que por fin aparecieron ayer en el día de la verdad.

Hacía falta algo así para acabar de cerrar un partido con muchas alternativas, más por errores que aciertos en ambos bandos. Un encuentro en el que al CCF le costó entrar, dejando a su enemigo creerse más de lo que debiera. Y el Hércules, con algo tan sencillo como ocupar los espacios y combinar rápido aprovechando los desajustes de la medular local, a punto estuvo de dar un susto de inicio con varias llegadas que hicieron pensar en una cita con espinas.

Sin embargo, el equipo de Villa tiró de efectividad y en su primera gran ocasión dio en la diana. El partido ya había cambiado. A un enemigo tan frágil de moral, un golpe así le afecta mucho. Demasiado. Más cuando acto seguido recibe otra puñalada directa al corazón. En diez minutos, con dos chispazos liderados por Pacheco desde la derecha, el CCF parecía haber resuelto la noche. Ya no había sensación de desconcierto, todo estaba bajo control. Y así llegó una fase de buen juego y llegadas constantes que hicieron pensar a más de uno con una goleada. O al menos, con cerrar la incertidumbre con el tercero. Lo tuvo Pacheco, también Xisco, incluso López Silva. Pero no hubo manera.

Y al verse perdonado, el Hércules tiró de orgullo, liderado por el veterano Portillo, que antes del intermedio ya asustó con un par de zurdazos que no encontraron portería. Sí lo hizo a los quince segundos de salir de los vestuarios, pero allí estaba Saizar, que ya no pudo hacer nada en la continuación para evitar el autogol de Fran. Está claro que no puede haber una jornada tranquila en esta casa. El nerviosismo apareció. Y así siguió tras el posterior intercambio de golpes, en dos acciones a balón parado. Todo en el aire para el final, donde entre Saizar y Uli empujaron a la dama a lanzarse a dar un beso que hiciera feliz al cordobesismo. Esto marcha al ritmo del amor...

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