Relato de una noche en vela

  • Los padres de las pequeñas fallecidas rememoran en la sala de vistas la madrugada del 30 de noviembre de 2006, cuando se desencadenó la tragedia

El día había transcurrido con normalidad. Por la mañana, las niñas habían ido al colegio y por la tarde se habían quedado en casa, haciendo las tareas. Fue a las 02:30 cuando la mayor empezó a sufrir los primeros síntomas: "Se despertó y nos dijo que tenía ganas de vomitar. La llevamos al cuarto de baño, pero no nos dio tiempo", narró ayer el padre de las víctimas, José Arias. Durante el día la familia no había detectado ningún olor particular en la vivienda, ningún indicio que les alertara de lo que ocurría en la casa de al lado. Así que los afectados pensaron en una intoxicación alimentaria, en el tomate de los macarrones que todos habían comido a mediodía. Pero pasaron los minutos y la situación se agravó.

"Bajé a por un cubo y una fregona y cuando subí me sentí mareado. Estaba indispuesto y empecé a notar en el estómago algo muy raro", narró el padre. Las náuseas y los vómitos se generalizaron y Carmen Hidalgo, la madre, comenzó a sentir rigidez en las extremidades: "Decía que se le dormían los brazos. Nos estábamos deshidratando y a mi señora se le quedó la lengua paralizada. No podía hablar", recordó. Tras varias inspecciones y después de inyectarle un fármaco para cortar los vómitos, los médicos decidieron enviar a la mujer al Reina Sofía, mientras las dos niñas se quedaban bajo el cuidado de los abuelos.

"Noté que pasaba algo muy grave en el hospital, cuando ya habían trasladado también a las niñas. Una enfermera se acercó y me dijo que debía tener algo muy tóxico en casa porque una de las niñas había entrado en parada cardiorrespiratoria. Yo sabía lo que significaba aquello", recordó Arias, conductor de ambulancia en el centro de salud de Posadas. La ingestión de comida en mal estado era en aquellos momentos la única hipótesis que barajó: "Los primeros días pensamos que habíamos sido nosotros los culpables de que nuestras hijas murieran, a pesar de que en el hospital insistían en que debía existir un producto más tóxico", relató.

"Me tuvieron que vestir para ir al hospital. No podía ni moverme, me costaba levantarme de la cama y mover los brazos", recordó la madre. La mujer también relató una llamada que recibió de su sobrina: "Me preguntaba qué tenía en casa para matar los mosquitos, pero eran productos normales del hogar". Cuando pasaron los días, el matrimonio empezó a atar cabos y comprendió por qué la ventana de la cocina de los vecinos se había mantenido cerrada toda la semana.

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