Matilde Cabello

¡Qué poderío!

QUE dice la Consejera de Justicia que no es prudente criticar la gestión de lo suyo, porque da mala imagen al ciudadano. Una no diría tan poco, lo que realmente da es vergüenza.

Cómo, si no, se entiende que no sea ningún juez, de los cuatro que han pasado, el que responda por ese doble crimen de Alovera, donde si recuerdan, la mujer del ex militar que había denunciado en más de veinte escritos el acoso de su asesino, acabó engrosando la lista de muertas junto a su pareja. Ahora, la culpa de la tragedia recae, según el Órgano de Gobierno de los Jueces, en una funcionaria que de ser hombre, sería el último mono del juzgado que pagamos todos, antes del treinta de junio.

"Defender la alegría" frente a los tremendos fallos de las políticas y la justicia viene a ser lo mismo que el España va bien de don José Mari, pero con talante y con talento. Porque si algo no se les puede negar a estos que mandan ahora, es su capacidad para darle la vuelta a todo, de forma que el pueblo nunca se las pille a ellos.

Salvo algunas excepciones, como el asunto de las parcelas expropiables -negocio rentable para tiempos de crisis- los gozos de quienes se ilusionan frente a los pregones electorales suelen acabar en un pozo. El gozo de contar con el sueldo compensatorio por cuidado de un familiar que, después de pagar a la Tesorería, acaba costándonos los dineros; o la esperanza de independizarse con la ayuda de los doscientos euros que, a lo mejor, han conseguido alguno de esos jóvenes, afortunados con el contrato de seis meses imprescindible; o los famosos cuatrocientos euros, obsequio de la última campaña, un movimiento de fichas en nómina, para pagar más el junio siguiente.

Señor, señor, tanto prohibir el tabaco y qué forma de vender humo y…¡cómo escuece, oiga!

Esto, en su pueblo de usted no sé como se llama, en el mío es tener más vergüenza que nadie, intacta, porque no la gastan. Pero ahí siguen, "vendiendo la alegría"; quizá desde el más absoluto convencimiento de que todo va bien, porque así debe irles a ellos y a sus acólitos.

Pasa mucho cuando quienes detentan el poder lo convierten en poderío, como ya vaticinó Maurice Duverger mientras los bolcheviques se daban de tortas por alcanzar el Palacio de Invierno ¡Ah, qué tiempos aquellos en que la famélica legión todavía era consciente de su propia hambruna!

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