Peter Campus: de dentro hacia fuera

  • El CAAC, con sede en Sevilla, acoge 'Video ergo sum', la muestra más importante dedicada hasta ahora en Europa al veterano artista neoyorquino, pionero de la videocreación

En la pantalla el espectador encuentra algo parecido a un espejo, pero algo ocurre con su reflejo; lo que ve es una imagen tomada por una cámara que proyecta simultáneamente en directo y con tres segundos de desfase, de tal forma que un mismo gesto se descompone, como mínimo, en dos imágenes diferentes. A mayor movimiento, mayor halo casi fantasmagórico del antes sobre el ahora. Tal vez no moverse, no hacer nada en absoluto, sea la única vía posible para sentirse de una pieza. Tal vez da un poco de vértigo pararse a pensar hasta qué punto es imposible separar el presente del pasado, considerarlos abstracciones distintas. "Aunque a la mayoría de la gente lo que le gusta es jugar", se ríe Peter Campus junto a la pantalla de la instalación, creada en 1973 y titulada Anamnesis. El carácter lúdico -o interactivo, si se prefiere- es ciertamente un rasgo central de mucha de sus obras, especialmente las de su primera etapa. Pero siempre subyacen en ellas "reflexiones profundas", a veces inquietantes, siempre introspectivas, que afloran mediante los procesos meramente físicos que muestran/propician sus vídeos.

Peter Campus reúne ahora en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC), localizado en Sevilla, una parte muy significativa de su trabajo en la exposición Video ergo sum. Que "no es exactamente una retrospectiva", puntualiza su comisaria, Anne-Marie Duguet; pero casi como si lo fuera, tercia Juan Antonio Álvarez Reyes, toda vez que las obras seleccionadas en esta muestra, la más exhaustiva dedicada hasta ahora al artista en Europa, aportan "las claves al completo" para entender el significado y la importancia de la obra de este neoyorquino nacido en 1937.

'La jetée', de este año e inspirada en la película de Chris Marker, se estrena en Sevilla

El primer apartado de la exposición recoge piezas de los años 70, instalaciones de vídeos realizados muchas veces con cámaras de videovigilancia y en los que Campus, empleado de un estudio de cine durante varios años antes de probar suerte como artista, se sirvió de técnicas hoy hiperexplotadas, pero entonces radicalmente nuevas, como el croma. Es el caso de Tres transiciones, una de sus piezas más conocidas e incluida en Video ergo sum, donde Campus, en primer plano, con mirada ausente, se borra la cara al tocarla con sus dedos, que dejan un vacío en el que va surgiendo un nuevo rostro; o raja la pantalla, confundida con su espalda, por donde asoma otro Campus. También hay varias obras que tienen, como la instalación apuntada al principio, una clara vocación especular. En Interfaz, proyectando simultáneamente sobre una pantalla una imagen de espejo y otra de vídeo en directo, el artista enfrenta de nuevo al espectador a desdoblamientos de su imagen y a la imposibilidad de la unidad; lo mismo ocurre en Cavidades ópticas, donde el visitante, en un perímetro delimitado por cuatro pantallas y grabado por otras tantas cámaras, experimenta la sensación de verse inevitablemente fragmentado, como una especie de obra cubista viviente.

"Son obras muy influidas por mis estudios de Psicología", explica el artista, que en su primera etapa dirigió su mirada "hacia dentro" con tanto empeño, tan obsesivamente, que tuvo que abandonar esa vía porque se le había vuelto "autodestructiva". Esa oscuridad se percibe con especial intensidad en la turbadora Cabeza de hombre que piensa en la muerte, un vídeo en el que un actor amigo del artista, filmado en un tenso primer plano, interpela al espectador, casi le reta -"eso buscaba, sí: confrontación"-, clavándole la mirada prácticamente sin pestañear durante 12 minutos.

El neoyorquino realizó el grueso de estos primeros trabajos entre 1971 y 1976, bajo el influjo de los primeros trabajos en vídeo de Bruce Nauman y del cineasta Andréi Tarkovski y su tratamiento de "la duración, más que el tiempo cronológico". Al cabo de esta etapa, que no le deparó mucha felicidad, el artista sintió que había llegado a una fase de agotamiento expresivo y se volcó en la fotografía. No volvió al vídeo hasta 1996. Esta última etapa es la que recoge el segundo y último bloque de la exposición. "Hubo una ruptura muy clara: dejé de mirar hacia dentro para volcarme hacia el exterior", explica Campus, que no abandonó su profunda necesidad de introspección pero la canalizó de otro modo: convirtiéndose en un "paisajista". "Voy a un sitio e intento vaciarme de pensamientos. Al principio era más visceral, pero los años me han hecho más distante. En todo caso -dice-, sigo intentando conectar al espectador con algo que va más allá del lenguaje; para mí, el trabajo artístico sigue siendo sobre todo emocional".

Son obras de imágenes mucho más pulcras, en alta definición y ultra-alta definición o 4K, como es el caso de una obra de estreno absoluto en Sevilla, La jetée, realizada este mismo año e inspirada por "la misma idea de colapso de la civilización, de bucle final de las cosas" que se respira en la película de ciencia-ficción del mismo título que rodó Chris Marker en 1962. A veces, las obras de esta última etapa parecen una suerte de pintura por otros medios. Él las llama "videografías", obras en las que conviven sin paradoja el movimiento y la quietud. En Una ola (2009) y Granero de Northfolk (2010), el artista pixela hasta la abstracción sendos motivos, que registran un movimiento por instantes casi imperceptible. Por el contrario, hay otros trabajos también "contemplativos" pero de naturaleza realista, como Convergencia de imágenes en el puerto (2016); filmadas en 4K, cuatro pantallas sincronizadas muestran nueve escenas portuarias que en su extremo detallismo pretenden propiciar "sensaciones puras".

Video ergo sum incluye también algunas obras meramente fotográficas del artista, pertenecientes a esa etapa bisagra en la que abandonó el opresivo interior para mirar y sentir hacia fuera. En la serie Sólidos de luz, la principal muestra de esa etapa, se proyectan sobre la pared cuatro fotografías de piedras que Campus recogió durante sus paseos por la playa en Rhode Island. El proceso se había completado ya: las piedras ya ni siquiera son piedras, son un cerebro, un corazón, la luna, el cosmos.

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