feria de san isidro | séptima en la plaza de toros de las ventas

Un espectáculo anodino

  • David Mora, Juan del Álamo y José Garrido se marchan de vacío tras lidiar un encierro de Las Ramblas, de gran volumen y juego desigual, completado con un toro bravo de José Cruz

Juan del Álamo, en una ceñida manoletina al segundo toro, ayer, en Las Ventas. Juan del Álamo, en una ceñida manoletina al segundo toro, ayer, en Las Ventas.

Juan del Álamo, en una ceñida manoletina al segundo toro, ayer, en Las Ventas. / kiko huesca / efe

David Mora, quien contó con el mejor lote, Juan del Álamo y José Garrido, con el peor material, se marcharon de vacío tras lidiar una corrida de Las Ramblas, de gran volumen y peso y que desarrolló un comportamiento desigual; completada con un toro -cuarto bis- de José Cruz, bravo en la muleta, dentro de un festejo con escaso contenido artístico.

David Mora quedó por debajo del mejor lote del encierro. Con el primer astado, un pájaro de 600 kilos, manso y noblón, molestado por el viento, realizó una labor discontinua, con algunos muletazos templados por ambos pitones. Obra en la que no sacó todo el partido de las buenas cualidades del astado. Mató de estocada y fue ovacionado.

Mora, ante los frenazos y huidas del cuarto en su salida, que no quería acudir a los capotes, pidió gestualmente al presidente que cambiara el tercio. El presidente, en una decisión nefasta, sacó el pañuelo verde y lo devolvió -¡por manso no se debe devolver un toro!-. Palmas de tango para el usía. En su lugar saltó un sobrero de la ganadería salmantina de José Cruz, de encaste Domecq, astifino, con trapío y que, injustamente, fue protestado porque su volumen y peso era el de un toro -532 kilos-, que transmitió en la muleta por su bravura. A David Mora, que apostó más por la estética, le faltó poderío y mando en una faena que comenzó de rodillas y tuvo como cénit la apertura, preñada de muletazos con gusto. Luego, la labor, en la que sufrió un pitonazo que le rajó el chaleco, se diluyó hasta llegar a una mala rúbrica y ser silenciado.

Juan del Álamo, entregado, se justificó ante su lote. Su primer toro, de 595 kilos, un castaño alto, cuesta arriba, de cornamenta exagerada, desarrolló buenas condiciones, aunque fue a menos. Del Álamo, que dibujó buenas verónicas ganando terreno, realizó una faena correcta, en la que, además de enfrentarse al toro, tuvo que pelear con el viento. Lo mejor, una serie diestra con ligazón, que remató con un buen pase de pecho. Pero el gigantesco astado se apagó pronto. Tras unas ceñidas manoletinas, estocada y ovación.

Con el quinto, un astado de pinta colorada y 643 kilos, sin malas ideas, pero muy manso y deslucido, Del Álamo derrochó pundonor para agradar a la parroquia, que por entonces parecía dormitar. Estocada y silencio.

José Garrido, con un mal lote, fue silenciado en sus dos actuaciones. Se enfrentó en primer lugar a un castaño de 618 kilos, de serio armamento, que se dejó pegar en varas y acometió con nobleza, escasa fijeza y sin entrega. Tras recibirlo a la verónica, dos de ellas de rodillas, realizó un trasteo laborioso que no caló en el personal.

Con el feísimo sexto, exageradamente corniabierto, parado y que topaba, realizó un trasteo sin lucimiento y dio un mitin con los aceros.

El conjunto global del festejo resultó pesado y anodino.

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