Sólo una oreja para Talavante en la tarde de mejor toreo de la feria

  • Un palco que infravaloró buenas faenas y los fallos a espadas dejaron la tarde casi sin trofeos

Momento en que uno de los toros pasa por encima de un corredor. Momento en que uno de los toros pasa por encima de un corredor.

Momento en que uno de los toros pasa por encima de un corredor. / efe

Manda Extremadura, en concreto Badajoz. El escalafón está dominado por toreros de esa tierra, tres de los cuales, también tres de los más destacados de San Isidro, coparon los tres puestos ayer. Y los tres protagonizaron una lección de buen toreo, temple y capacidad lidiadora, ante una corrida de Núñez del Cuvillo que no lo puso fácil, sino que, por sus defectos, exigió técnica y precisión para sacar sus virtudes.

En contraste con la tarde anterior, cuando pareció que las orejas estaban en oferta, ayer se cortó sólo una. Como están las cosas en Pamplona, los trofeos no son el mejor termómetro para medir lo sucedido. En ese sentido, Talavante y Ferrera pueden considerarse como los autores del mejor toreo de la feria hasta ahora, por mucho que su balance estadístico se equipare al de otros toreros que no han llegado ni de lejos al alto nivel de sus faenas.

La actuación de Ferrera fue todo un recital de naturalidad, reposo y sentido de la lidia, para sacar partido de un primer toro tan alto de agujas como endeble, y al que no sólo sostuvo y equilibró sino al que además sacó muletazos impensables. Desde los tendidos no se le jaleó lo suficiente todo lo bueno que hizo el extremeño, y menos aún, con la merienda, la primera parte de la que sería su brillante faena al quinto.

Pero a ese toro, aparentemente afligido en los primeros tercios, Ferrera le sacó una de las mejores faenas del abono, ya desde que comenzó también a centrar las miradas del tendido en un buen tercio de banderillas.

Fue con la muleta cuando llegó la parte más meritoria de su actuación, dando ventajas y ayudando a romper a embestir al de Cuvillo. Fueron tan importantes tiempos y distancias como el temple con que atemperó las rebrincadas embestidas. Tras tal alarde de seguridad y torería, pinchó Ferrera recibiendo, y aún marró al descabellar, y el toro le prendió de fea manera sin consecuencias. La presidencia no atendió la justa petición.

La única oreja que se concedió fue la del primero de Talavante, de aparatosa cornamenta al que el pacense le cuajó hondísimos naturales a base de tirar con aguante y temple de unas arrancadas ásperas, evitando con asombrosa facilidad que los pitones alcanzaran la tela a pesar de los constantes cabezazos. Y mejor si cabe fue su trasteo con el quinto, sin celo ni clase en los primeros tercios pero al que enseñó a embestir Talavante con suavidad y valor sordo, dejándole ante los ojos los vuelos de la muleta, para construir una faena insospechada. La espada impidió la que hubiera sido la salida a hombros más merecida de los Sanfermines.

Quien no brilló tanto, aunque no desentonó, fue el jerezano Ginés Marín, que fue alumno de la Escuela de Badajoz. Tuvo el peor lote de la corrida. Si el primero se puso pronto a la defensiva, soltando secos tornillazos en sus medias arrancadas, el sexto se rajó ya en varas y no se empleó. Marín le puso empeño a ambos, con tranquilidad y buen oficio, para que sus defectos no fueran a más, que ya era mérito.

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