La fe que sigue al cautivo trinitario

  • Los saeteros dedican numerosas letras al Señor de Córdoba en el entorno de su parroquia

No es la procesión con mayor número de nazarenos, pero sí la que tiene más penitentes que -sin túnica ni cubrerrostro- siguen a su titular. No hay duda. Tan numeroso es el grupo de fieles que siguen al Señor del Rescatado que la hermandad se ve obligada a situar el paso del Señor, a diferencia del resto de cofradías de la capital, como cierre del cortejo. Millares de fieles esperaron ayer en la plaza Corazón de María, también conocida como la del Alpargate, los Trinitarios o los Padres de Gracia, hasta que salió el cautivo de melena natural al que tanta fe le profesan por unas u otras razones. Es el Señor de sus amores y por eso no les importa aguardar tantas horas como sean necesarias para situarse lo más cerca posible de él. Ayer además, el impacto del calor hizo más duro y fatigoso ese momento. Es nuestra "penitencia", detalló una de ellas al paso por la plaza de San Agustín.

Detrás de cada uno de estos penitentes de rostro al descubierto se esconde un sentimiento diferente y un motivo a veces inconfensable que les lleva a desplazarse todas las tardes de Domingo de Ramos hasta la parroquia de los Trinitarios. Algunos de ellos clavan la mirada en el horizonte y, con un sutilísimo movimiento de labios, dan a entender que van rezando en silencio. Apenas si hablan con la persona que camina a su lado y su gesto es cansado. La devoción a su titular se hace manifiesta a través de un rosario que portan en la mano, una estampa que llevan en el bolsillo y que a veces muestran y en esos momentos en los se santiguan. Es su manera de hacer penitencia o cumplir cierta promesa por haberse encomendado al Señor de Córdoba por un imposible. Y, guste o no, la procesión del Rescatado es así.

Pero el cortejo que celebró la hermandad trinitaria regaló ayer a la ciudad momentos muy cofrades. El mero trayecto que cubrieron en su camino hacia la carrera oficial dejó un gran sabor. Especialmente hermoso fue el instante en el que la Virgen de la Amargura, en primer lugar, y el Rescatado, minutos después, cruzaron la plaza de San Agustín o la esquina de la calle Muñoz Capilla, aún con algunos rayos solares colándose en este sombrío rincón del Casco Histórico. El capataz y hermano mayor de la cofradía, Miguel Gallardo, supo conducir bien a su cuadrilla en este espacio tan estrecho. Lo hizo además con elegancia, con una voz a veces casi susurrante y sin mayor estridencia que esa orden que hace que el costalero no tropiece con un adoquín ni haga que un varal se lleve por delante uno de los faroles que cuelgan de la pared. "Vamos, hermanos", les dijo en voz baja para animarles en su trabajo.

El regreso fue más directo, calle San Pablo abajo hacia el punto de partida. También fue más frío. El sofocante calor de la tarde dio paso a un frescor que obligaba a deslizar nuevamente la manga de la camisa. El frío llegó acompañado además del viento, que apagaba a menudo la candelería del palio y los cirios de los nazarenos. La procesión se notaba ya cansada después de algo más de siete horas en la calle y este cansancio se dejaba entrever con claridad en la cara de los costaleros cada vez que dejaban las trabajaderas para descansar o simplemente cuando levantaban los faldones para pedir agua o buscar ese poquito de aire que tan bien viene cuando se llevan tantas horas de esfuerzo.

Fue también noche de saetas. Al Rescatado le dedicaron numerosas coplas cantadas tanto por mujeres como por hombres y la mayor parte de ellas las cantaron en las inmediaciones de su sede canónica. La plaza de los Trinitarios es uno de esos puntos de la ciudad donde más y mejor suenan las saetas. Y ayer no fue menos.

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