El idioma delolivar

  • Desde hace media década, los jornaleros de Los Pedroches han dejado de hablar con acento vallesano; el trabajo de aceitunero está en peligro de extinción para los españoles

Hasta hace no muchos años, entre los olivares de Los Pedroches sólo se escuchaba el castellano con acento vallesano y, a veces, pacense o manchego. Desde hace poco más de media década en plena campaña olivarera, entre olivo y olivo se oye Buna Ziva, Dobrig Ranok, Dzim dobry o Tungjatjeta, "hola, buenos días" en rumano, ucraniano, polaco y albanés, respectivamente. También se escuchaba el Sabbah-el-Khair de los árabes, aunque este idioma sea cada vez más difícil de oír después de la espantá que protagonizó un grupo de marroquíes hace cuatro años, que huyó (salvo uno) campo a través cuando viajaban en un autobús camino de Los Pedroches para la campaña de la aceituna.

No hace ni siete años, la inmensidad de olivos ecológicos que crecen en la serranía pedrocheña eran vareados por unas cuadrillas de jornaleros nacionales que llevaban toda la vida haciéndolo. De vez en cuando llegaba un pequeño grupo de inmigrantes procedentes de las grandes ciudades del Norte de África o de las boscosas montañas de los Cárpatos, en el Este de Europa. Tenían las mismas ganas de buscarse la vida que los jornaleros nacionales, pero más necesidad. Cobraban menos de la mitad por realizar un trabajo que aprendían sobre la marcha.

Los empresarios vieron el negocio: mano de obra barata. Por eso, es una auténtica odisea encontrar en cualquier olivar de Los Pedroches una cuadrilla formada íntegramente por jornaleros nacionales. Es un oficio en peligro de extinción para los españoles.

En la finca Los Tirados, de Pozoblanco, los 11 jornaleros saludan con un castizo "¡buenos días!" entre el ruido del motor de las vibradoras y el sonido vegetal de las varas golpeando las ramas de los olivos. Rafael Lemos, el olivarero más veterano, ofrece un trago de vino mientras explica que sí, que los extranjeros cobran menos, pero que son los españoles los que mejor conocen estos olivares, los que mejor saben tratar a la aceituna y los que avanzan más rápido.

"A la larga, salimos mucho más baratos", reflexiona, apurando un Fortuna antes de tirar de un fardo cargado de aceitunas. En sólo dos semanas de trabajo, los 11 jornaleros vallesanos han vareado unos 3.000 olivos. En 40 días, habrán recogido la aceituna de los 8.000 árboles que tenían por delante el pasado 28 de noviembre. "Nosotros cobramos 48 euros al día; un rumano 20". Sin embargo, el empresario tiene que pagar el viaje del inmigrante, su hospedaje y su comida. "Y encima, rinden mucho menos. Es como si a mí me llevan a Rumanía a coger sus cultivos; que no sé", protesta Rafael Lemos, que tiene 56 años y lleva desde los 13 cogiendo aceitunas en invierno.

"Pero las cosas han cambiado mucho", recuerda. "Antes, nos tirábamos tres meses en el campo, trabajando de sol a sol por 75 pesetas el jornal". Ahora, 48 euros al cambio son 8.000 pesetas. "El manijero nos decía que empezáramos cuando en el horizonte se veía un dedo de luz. Acabábamos de noche", después de una jornada en la que sólo se descansaba para comer. "Y a dormir, en las cuadras del cortijo", donde las mujeres construían camas de paja entre moñigas de cerdos. "Pero era lo único que teníamos para ganarnos la vida".

Ahora la situación es muy diferente y, salvando las distancias, hasta cómoda. La cuadrilla de los 11 vallesanos (la mayoría vecinos de El Viso) ya no hace noche en el cortijo. Sigue amaneciendo temprano. Sobre las 07.00 salen de la cama. "Nosotras a las 06.00", protesta Manuela Rodríguez. "Tenemos que hacer las cosas de la casa, preparar los desayunos y el almuerzo". "Sigue habiendo un poquito de machismo en este mundo", asiente Verónica Lemos, hija de Rafael, mientras vuelca en un saco las aceitunas de uno de los fardos. A las 07.30 ya están todos en los coches. A las 08.40, en el cortijo. A las 09.00, trabajando, y de buen humor. "Es que tenemos al mejor manijero del mundo, aunque a los hombres nos trata regular", bromea Rafael en referencia a Francisco Lemos, su sobrino. "Los hombres nos tenemos que traer la bota de vino y el tabaco; a las mujeres les regala bombones...". Francisco sonríe. "Se portan bien", comenta. "Míralo, el único que sigue con la vara, dando ejemplo", insiste Rafael durante una de las pequeñas pausas del día.

El trabajo de olivarero sigue siendo duro. Pero las condiciones laborales están a años luz de la Andalucía de 1960. Siete horas, 48 euros. Ni más ni menos. De 14.00 a 15.00 descanso para almorzar, en el campo, a la sombra de un olivo, o en el cortijo, al amparo de una chimenea. Dos horas más, y a las 17.00 se carga la aceituna y de vuelta a casa. "¿A descansar?". "Bueno", protesta Manuela, "nosotras a hacer las cosas de la casa. Ellos al bar". "Hombre, yo me voy a echarle de comer a los guarros, a cuidar un poquito la finca...", se defiende Rafael de este alegato feminista.

El trabajo sigue siendo duro. Por eso, y por la competencia de la mano de obra inmigrante, cada día es más difícil escuchar castellano sin el "dame varrrrra de darrrr al olivo", de los ucranianos. Los escasos nacionales que van quedando mantienen el oficio porque "hay que seguir buscándose la vida". La mayoría de los 11 viseños (residentes, ya que son muchos los naturales de Belalcázar, Pozoblanco o Badajoz) trabajan en las ferias y en invierno necesitan del olivar para seguir tirando. "En 40 días está esto acabado. Lo justo para limpiar las atracciones y ponerlas a punto", explica Francisco Lemos, propietario de una hamburguesería que también lleva media vida con los famosos autos de choque o los deliciosos caballitos. En marzo empiezan las primeras romerías en el Valle de Los Pedroches y serán estos los feriantes que monten las atracciones necesarias.

Otros, como Manuela, enganchan campaña con campaña. "Venimos de la vendimia en La Mancha, cogemos el olivar y cuando acabe, a otra cosa", relata, hablando sobre conocidos y lugares comunes con el periodista, que tirita de frío los cinco grados al sol de una media mañana del Valle de Los Pedroches y admira la fortaleza de Francisco, con una camisa de manga corta sobre el cuerpo. El periodista se despide con un castellano "hasta luego" y piensa en la camaradería, el buen ambiente y la dignidad de un trabajo en peligro de extinción. Para los nacionales.

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