Crítica de Cine

¡Que se mueran los guapos!

¡Que se mueran los guapos! ¡Que se mueran los guapos!

¡Que se mueran los guapos!

álex de la Iglesia apadrina y produce el debut en la dirección del actor televisivo Eduardo Casanova, transgresora fábula (con mensaje) sobre la reivindicación de la diferencia, la fealdad y la tolerancia en tiempos cosméticos e inodoros, cuento coral sobre un puñado de freaks, enanos, deformes, pedófilos, gordos, invidentes, quemados o abominaciones de la naturaleza en busca de afecto, amor verdadero o autoafirmación en un mundo de apariencias y normalidad domesticadas.

Casanova apunta altas ambiciones autoriales en su ejercicio de provocación política y escatología kitsch; a saber, asume frontalmente los muchos riesgos de rechazo que puede provocar su representación de un universo y unas criaturas repulsivos, y lo hace desde la apuesta escenográfica, el carácter episódico y una estilización barroca que puede recordar a Xavier Dolan y su gusto por los momentos de suspensión melodramática como respiraderos para el drama cotidiano.

El resultado es un filme tan excesivo como único (en nuestro panorama) y estimulante, una propuesta sin demasiadas concesiones en el funcionamiento de su espejo deformante sobre las obsesiones de un joven cineasta con ganas de inaugurar un mundo propio dando un golpe de genio sobre la mesa, sin hacer prisioneros y con la exitosa colaboración de algunos grandes intérpretes en un registro temerario.

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