La epopeya digital

  • En los últimos años la tecnología digital está cambiandola forma de hacer y entender el cine. Podría hablarse de un a auténtica revolución. Las nuevas tecnologías hacen posibles los mundos imposibles de la fantasía

El cine, más que cualquier otra forma expresiva o artística, está sujeto a la tecnología que lo hace posible; a la hora de repasar su Historia, tanto como las varias corrientes estéticas, deben tenerse en cuenta las innovaciones técnicas que la jalonan. La auténtica revolución de los años 20, por ejemplo, no fue el expresionismo alemán, sino el cine sonoro.

La posibilidad de añadir una banda de sonido a la película de celuloide clausuró una manera de pensar, hacer y presentar el cine: en los guiones se privilegiaron los diálogos, los rodajes se replantearon para que la cámara no grabara el rumor de un coche pasando cerca, las salas cinematográficas debieron adaptar sus instalaciones.

En los años 50, tan decisivos como el Neorrealismo italiano o la Nouvelle Vague francesa, fueron los experimentos en el campo de los formatos panorámicos; intentando combatir la influencia de la televisión (la pequeña pantalla) hicieron de la de cine una gigantesca con inevitables consecuencias: al duplicar el tamaño de la pantalla se privilegiaba el componente espectacular.

En la actualidad estamos inmersos en otra profunda transformación del medio gracias a (y no por culpa de) la introducción de la tecnología digital en absolutamente todas las fases de la puesta en pie de un filme. Incluso los famosos story-boards, hechos en papel y a lápiz durante decenios, ahora se dibujan con el ordenador. Hoy, la tecnología digital, capaz de manipular cada elemento de la imagen filmada, cabe usarla para darle un retoque al maquillaje de los actores cuando éstos han abandonado la filmación, o mejorar la iluminación de cierta escena ya rodada, o montar la película de manera distinta, sin los cortes típicos en la película de celuloide, sino mediante todas las transiciones y fundidos imaginables. La digitalización del cine ha cambiado la forma de rodar (debería decirse grabar), está cambiando los modos de proyectar (¿quizás emitir?) y cambiará las maneras de distribuir. El soporte químico (el celuloide) está llamado a desaparecer; no obstante, no está tan claro que esto acabe con el cine como sostienen algunos oráculos. Con el cine sonoro, retomando el ejemplo anterior, el relato pasaba a sustentarse en palabras y no sólo en miradas y gestos, pero, si bien se abrió las puertas a la palabrería, ni gestos ni miradas desaparecieron.

La revolución digital ha repercutido especialmente en el género fantástico. Ahora cabe hacer posibles aquellos mundos imposibles y creíbles esos personajes increíbles tan arduos de construir o convocar en el pasado; o sea, está usándose para potenciar el componente irreal o virtual del cinematógrafo. Los F/X digitales son el gran reclamo de los filmes con mayor proyección popular, la llamada "película acontecimiento", ese superespectáculo capaz de sacar al ciudadano de la modorra hogareña y llevarlo hasta una sala para contemplar esa "historia más grande jamás contada", continuamente renovada en la cartelera. Uno de los hitos comerciales más importantes de este comienzo de siglo ha sido, sin ninguna duda, El Señor de los anillos (2001-2003), una ambiciosa y monumental adaptación de la celebérrima (y plúmbea) novela de J. R. R. Tolkien realizada con esmero y pasión proverbiales por el neozelandés Peter Jackson. Este año, un par de epopeyas digitales han seguido el camino abierto por aquélla: 300 de Zack Snyder y Beowulf de Robert Zemeckis.

Frank Miller declaró que la inspiración para 300, su reconstrucción de la Batalla de las Termópilas, le vino de El león de Esparta (1962) de Rudolph Maté. Esta película no es (no tenía por qué ser) la inspiración de Zack Snyder, encargado de adaptar el cómic de Miller a la pantalla, sino más bien Matrix (1999) y otras producciones que, a partir de lo digital, han ofrecido novísimas propuestas estéticas. 300 es, al mismo tiempo, un espectáculo primitivo y sofisticado. Por un lado, es una apología del buen guerrero, con un intenso halo reaccionario; por otro, un espectáculo innovador, fascinante. 300 es más un conjunto de set-pièces, magníficas algunas, que un relato propiamente dicho en el que el espectador asiste al desarrollo de unos personajes en unas coordenadas geográficas e históricas precisas. De hecho, la Historia es la gran ausente en la pantalla. No obstante, Snyder es lo suficientemente talentoso para exacerbar el maniqueísmo del guión y transformarlo en un elemento dramático. De esta manera, los valerosos espartanos son paladines pluscuamperfectos, mientras los invasores persas son, literalmente, monstruos.

Este planteamiento, que conduce el filme por los derroteros del género de terror, no mitiga su componente político: Leónidas mueve su ejército, en contra de la opinión de los "débiles" y "corruptos" ministros de Esparta, para plantar cara a una potencia extranjera presentada en todo momento como tal, y en los tiempos en que George W. Bush mantiene su contingente militar en territorio iraquí (la antigua Persia), en contra de cuanto dicta la decencia y el sentido común, esto da de qué pensar. La película de Robert Zemeckis también tiene su lado equívoco e intrigante. Con Beowulf insiste en la técnica de la motion-capture, ya empleada en Polar Express (2004). Al experimento han prestado sus rostros y maneras intérpretes como Anthony Hopkins, John Malkovich o Angelina Jolie; los resultados son asombrosos, aunque discutibles, pues los personajes generados por ordenador todavía son envarados remedos de los actores de carne y hueso (en fin, muchos siguen prefiriendo a la verdadera Angelina Jolie en vez de una animación suya).

También en Beowulf se conjuga lo moderno y lo arcaico; el relato se ambienta en un pasado mítico en el que los hombres han de vérselas con demonios, y se decanta por un tono celebrativo y épico. En cierto sentido, esta preferencia por la epopeya es legítima. Una de las primeras manifestaciones culturales de toda nueva civilización es, precisamente, la apelación al héroe y a la hazaña; el guión de Beowulf se inspira en un poema anglosajón del siglo VIII y parecería reclamar para sí idéntico carácter fundacional. Robert Zemeckis es muy consciente de estar haciendo ya el cine del futuro y es muy probable que, cuando se escriba la Historia del Cine del mañana, los primeros capítulos estén dedicados a su Beowulf, Leónidas o el Aragorn de ElSeñor de los anillos.

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