El declive del hombre blanco

La edad de las tinieblas, traducción literal y mucho más acertada que la del título español La edad de la ignorancia, viene a cerrar la trilogía del canadiense Denys Arcand dedicada a la decadencia de los valores de Occidente en la contemporaneidad. Si la comedia, el drama y el tono coral y generacional presidían El declive del Imperio Americano y Las invasiones bárbaras respectivamente, la sátira futurista estructura y da el tono de este nuevo y pesimista viaje por un mundo dominado por la dictadura de lo políticamente correcto, la cultura del éxito, la incomunicación familiar y otros ítems inevitables del paulatino proceso de deshumanización y otros daños colaterales del estado del bienestar.

Arcand dibuja un futuro más que probable en el que la ciudad de Québec viene a funcionar como una caja de resonancia de todo el mundo occidental. Una ciudad-fortín grisácea y fantasmal con los perfiles de un gran y aséptico estadio deportivo, dominada por un sistema burocratizado y policial y poblada por funcionarios que, como el que protagoniza la película, Jean-Marc Blanc (explícito trasunto del hombre blanco, cuarentón y en crisis interpretado por un excelente Marc Labrèche), ven cómo su cómoda y placentera vida burguesa se descompone ante sus ojos.

La edad de la ignorancia juega sus bazas a la deriva cómica de trazo bien visible, a la sátira subrayada que no oculta, más bien al contrario, el posicionamiento ideológico desencantado de Arcand, un lugar desde el que no sería muy difícil establecer vínculos y simpatías.

Otra cosa es ya cuando el juego de desdoblamientos constantes de la película, que visualiza siempre las escapatorias fabuladoras y soñadoras de nuestro hombre sin atributos en algunas escenas cómicas bastante logradas, se impone hasta tal grado (véase la alargada secuencia medieval, en un no menos obvio juego comparativo de épocas y espíritus) en el que lo ya conocido se convierte en redundante. No es la sutileza, precisamente, el terreno que mejor domina el director de Jesús de Montreal.

En ese mismo sentido, Arcand no puede evitar que le salga el moralista que tiene dentro y no deja escapar la oportunidad de cerrar su sátira con un cierto mensaje de regreso a las esencias que nos resulta un tanto ingenuo.

Es así como, en su último tramo, la película abandona la farsa y adopta una pose seria y solemne para terminar recordándonos que en el simple gesto de pelar una manzana todavía puede esconderse un pequeño rastro de lo humano.

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