La belleza empírica

Juan Andrés García Román (Granada, 1979) es poeta, doctorando, traductor y, sobre todo, un ingeniero militante de la utopía. Su escritura supone un esfuerzo por reconquistar la patria perdida del hombre, una recuperación de la realidad primigenia y no mediatizada que, consecuentemente, implica reaccionar contra la óptica impuesta por los sistemas de dominio burgueses aún pendientes de superación. Para este fin usa como arma la palabra, intentando transmitir su verdadera esencia en el poema, buscando "liberar a las cosas de su doble".

Tras otros títulos interesantes como Perdida latitud o Las canciones de Lázaro, aparece El fósforo astillado, un libro sorprendente desde el primer verso. En este nuevo poemario, el autor ha ordenado las estrofas como las piezas que componen la maquinaria de una caja de música: el engranaje de los versos encaja al pasar cada página, buscando la construcción del poema "en movimiento": es la bailarina del lenguaje que oscila entre la letra impresa y la pupila decodificadora la que marcará el ritmo.

Pero, ¿se mueve la bailarina antes de abrir la caja? ¿Sigue rotando sobre sí misma tras cerrar la tapa? La muñeca vestida con tutú, como la palabra, solamente es real precisamente cuando es, cuando baila; su naturaleza desnuda es la acción. Como nos advierte en el preludio, el escritor tiene como objetivo "alcanzar el estado de ensayo general", crear un poema en potencia, libre de prejuicios. He aquí el espíritu de este libro.

Pero, ¿es posible recoger "el momento del cierre de anillo de la vivencia"? El poeta se pregunta por la capacidad que tiene el ser humano para comunicarse, las posibilidades prácticas de trascender la ambigüedad significadora de las palabras y transmitirlas. Respuesta: "las palabras no dicen: son el entusiasmo". Para demostrar su hipótesis se vale de los dos únicos instrumentos a su alcance: conocimiento e imaginación.

García Román compone una imaginería original creada a partir de materiales apenas escasos en nuestro panorama literario. Pasea los poemas por el espejo convexo de John Ashbery y los corrige siguiendo el método alquímico de Charles Simic. En su búsqueda constante por llegar a la raíz de las cosas no nos muestra su diario de bitácora. Sin interrumpir su marcha, nos invita a acompañarle en su camino, rasgando las telarañas que envuelven al signo lingüístico, buceando con un pulmón heredado de Rilke por las aguas pantanosas de la semántica.

El torrente de imágenes, la crítica inteligente y el uso de la ironía finamente hilada con su poso de ternura hacen que la lectura de este libro pueda resultar compleja. Cada verso constituye un micropoema. Más aún: juega a ser un koan, un problema sin solución para hacer temblar nuestra lógica impuesta, reduccionista, y ensanchar la conciencia. El poema es una ventana desde la cual se obtiene una visión panorámica del mundo, y entonces… "la mirada estalla igual que una burbuja de jabón".

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