De la austeridad de la seguiriya a la maleabilidad de la bulería

  • Las seguiriyas, soleares y tonás como ejes básicos para la proyección del cantaor y su unción artística han cedido su puesto a las bulerías y los tangos en el flamenco actual

Queda lejano el tiempo en el que la primacía de las seguiriyas, soleares y tonás eclipsaba otros cantes. El cantaor se significaba como tal si en su repertorio estos cantes estaban consolidados, dando constante testimonio de ellos. Cantes desglosados hasta un mimetismo obsesivo por inducción del mairenismo. Era la década de los 60 del siglo pasado, el esplendor festivalero y discográfico de los 70, eran años para la celebración de estos palos que fueron encumbrados y publicitados como básicos en el influyente libro Mundo y formas del cante flamenco de Antonio Mairena y Ricardo Molina.

Un cantaor tenía que demostrar conocimiento de estilos y variantes en seguiriyas y soleares en cada actuación, y los concursos contribuyeron al fortalecimiento de esta práctica de disciplina didáctica. Cada vez que se presentaba la oportunidad, los aficionados hacían pública gala de saberse al dedillo los diferentes estilos que albergan estos cantes, a manera de particular árbol genealógico. Al escuchar a un cantaor por soleá rápidamente el aficionado iba etiquetando: La Serneta, Juaniquín, Joaquín el de la Paula, El Mellizo, Frijones, Iyanda… Si el artista entraba en la seguiriya había que estar atento e ir desglosando: Paco la Luz, La Cherna, Marruro, Curro Durse, Loco Mateo, Manuel Molina… Saber distinguir y diferenciar entre estos cantes era síntoma de buen aficionado, el pedigrí deseado. Unos años que se recuerdan con nostalgia, no tanto ya por el repertorio empleado por los artistas sino por la calidad de éstos. Y en ese espíritu de reconquista clásica y ortodoxa el epílogo de importantes festivales no era la bulería festera sino la sucesión austera de tonás y martinetes a manera de fidelidad confesional a una estética y manera de concebir el flamenco, el cante.

De las seguiriyas, soleares y tonás como ejes básicos para la proyección del cantaor y su unción artística se ha pasado a la primacía de las bulerías y tangos, moneda de cambio para innovaciones, fusiones y demás añadidos musicales. Compás y más compás en el trepidar festero de estos cantes es lo que prevalece ante todo, quedando sólo como detalle de filiación flamenca en el repertorio de bastantes artistas los denominados cantes básicos. Para muchos es un mero trámite formalista conocer e interpretar, por ejemplo, unas seguiriyas, y sin ahondar demasiado en escuelas. ¿Modas? Al menos tendencias que se anulan unas a otras y que en su defecto no invitan a percibir el cante en su totalidad. Épocas marcadas e influenciadas por trascendentales artistas como lo fue Antonio Mairena y lo es para nuevas generaciones Camarón de la Isla, el verdadero impulsor del cambio en el tratamiento actual de la bulería.

Una reciente historia del flamenco que se puede describir a través del cultivo de unos determinados estilos, tanto en recitales y festivales como en las producciones discográficas. De los discos de Mairena, algunos monográficos de soleares y seguiriyas, a los de Camarón, en los que la bulería y los tangos toman el mando, el bullir del cante flamenco no hace sino inclinarse a gustos y demandas concretas. Y es que los tiempos han cambiado.

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