Vampiros de fresa y nata

En los años 50, para captar al creciente público adolescente, la industria del cine, además de crear estrellas con las que los jóvenes se identificaran (James Dean, Sal Mineo, Natalie Wood, Sandra Dee…), revisó a través de la serie B algunos mitos del terror para ofrecer sus variantes juveniles.

Nacieron así las muchas películas de arañas gigantes o marcianos que empezaban con una parejita metiéndose mano en un descapotable y tenían como protagonistas a pandillas de teenagers, y sobre todo esas imposibles y divertidas Yo fui un hombre lobo adolescente o Yo fui un cavernícola adolescente.

En 1969 el dúo Hanna-Barbera presentaría la versión animada de esta mezcla de adolescencia y terror con su Scooby-Doo y en 1981, con Un hombre lobo americano en Londres, John Landis dio nuevos bríos a estas revisiones juveniles de los mitos del terror. Entre tanto Anne Rice aportó sus vampiros bellos, rockeros y atormentados en Entrevista con el vampiro, poniendo caras guapas a los hijos de la noche en la versión cinematográfica nada menos que Brad Pitt, Tom Cruise y Antonio Banderas. La novedad de Crepúsculo es, pues, relativa. En cuanto a lo de dar un giro romántico a las historias de vampiros, ya se le adelantaron Herzog con Nosferatu y Coppola con Drácula de Bram Stoker. Pero éstas son palabras mayores.

Basándose en el sorprendente éxito editorial de la serie de cuatro novelas en las que Stephenie Meyer relata la historia de amor entre la joven Bella y el vampiro bueno y eternamente joven Edward, la hasta ahora interesante realizadora Catherine Hardwicke (Thirteen, Los amos de Dogtown, Natividad) da un giro a su carrera para convertirse en una triunfadora de la taquilla. Conserva algunas de las marcas de estilo que hicieron su reputación, especialmente su capacidad para otorgar naturalidad a la representación, pero es víctima de las concesiones que debe hacer a las normas actualmente vigentes en el entretenimiento para adolescentes.

A ratos película de amores en el instituto, a ratos melodrama de pasiones imposibles, a ratos relato fantástico, a ratos proclama multicultural en versión vivos y no-muertos y casi siempre historia empapada por esa rara cursilería adolescente posmoderna que combina preservativos y peluches, Crepúsculo es uno de esos productos que hace reír a quienes no entren en su juego y fascina a quienes acepten las reglas propuestas por el universo de Stephenie Meyer. No pongamos adjetivos a esta fascinación.

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