Trilogía del Imperio

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EL murmullo del dormitorio era un ronroneo casi inaudible, suave e irregular, pero inequívoco y mortífero.

Pero no fue eso lo que despertó a Biron Farrill y lo arrancó de un sueño profundo y poco reparador. Meneó la cabeza en una lucha vana contra el zumbido intermitente de la mesilla.

Alargó la mano sin abrir los ojos y estableció contacto.

-Hola -murmuró.

Un sonido salió del receptor. Era áspero y fuerte, pero Biron no tenía ganas de bajar el volumen.

-¿Puedo hablar con Biron Farrill? -dijo el receptor.

-Al habla -masculló Biron-. ¿Qué quiere usted?

-¿Puedo hablar con Biron Farrill? -insistió la voz.

Biron abrió los ojos en la densa oscuridad. Reparó en su lengua seca y en el aroma tenue que impregnaba la habitación.

-Al habla -repitió-. ¿Quién es?

La voz estentórea continuó en medio de la noche, cada vez más tensa.

-¿Hay alguien allí? Quiero hablar con Biron Farrill.

Biron se apoyó en un codo y miró el lugar donde estaba el visífono. Pulsó el control de visión y la pequeña pantalla se llenó de luz.

-Aquí estoy -dijo. Reconoció los rasgos chatos y levemente asimétricos de Sander Jonti-. Llámeme por la mañana, Jonti.

Iba a apagar el instrumento cuando Jonti dijo:

-Hola, hola. ¿Hay alguien allí? ¿Hablo con el dormitorio universitario, habitación 526? Hola.

Biron notó que la lucecilla piloto que habría indicado un circuito de envío en vivo no estaba encendida. Maldijo entre dientes y pulsó el interruptor. Siguió apagado. Jonti desistió, la pantalla se apagó y sólo quedó un cuadrado de luz difusa.

Biron se desconectó. Movió el hombro y trató de taparse con la almohada. Sentía fastidio. En primer lugar, nadie tenía derecho a gritarle en plena noche. Miró los números luminosos que había encima del cabezal. Las tres y quince. Las luces de la casa sólo se encenderían cuatro horas después.

Además, no le gustaba despertarse en una habitación a oscuras. Su estancia de cuatro años no lo había acostumbrado al hábito terrícola de construir edificios de hormigón reforzado, bajos, gruesos, sin ventanas. Era una tradición milenaria que databa de los días en que la primitiva bomba nuclear aún no era contrarrestada por campos de fuerza defensivos.

Pero eso pertenecía al pasado. La guerra nuclear había arrasado la Tierra. La mayor parte del planeta era radiactiva y yerma. No quedaba nada que perder, pero la arquitectura reflejaba los viejos temores, así que Biron despertaba en plena oscuridad.

Se apoyó de nuevo sobre el codo. Había algo raro. Aguardó. No había reparado en el murmullo ominoso del dormitorio, sino en algo menos notable e infinitamente menos mortífero.

Extrañaba el suave movimiento del aire que uno daba tan por sentado, esa huella de renovación constante. Trató de tragar saliva y no pudo. La atmósfera parecía volverse opresiva a medida que él evaluaba la situación. El sistema de ventilación había dejado de funcionar, y ahora estaba realmente en apuros. Ni siquiera podía usar el visífono para dar aviso.

Probó otra vez, para asegurarse. El lechoso cuadrado de luz proyectó un lustre tenue y perlado sobre la cama. Recibía, pero no enviaba. Bien, no importaba. De todos modos, no se podría reparar hasta el día siguiente.

Biron bostezó y buscó sus sandalias, frotándose los ojos con las palmas. Ninguna ventilación. Eso explicaba ese olor raro. Frunció el ceño, aspiró bruscamente dos o tres veces. No había forma. Le resultaba conocido, pero no lograba identificarlo.

Fue al cuarto de baño y buscó automáticamente el interruptor, aunque no lo necesitaba para servirse un vaso de agua. Hacía contacto, pero no encendía. Lo intentó varias veces, de mal humor. ¿Nada funcionaba? Se resignó, bebió en la oscuridad, se sintió mejor. Regresó bostezando al dormitorio, donde probó suerte con el interruptor principal. Todas las luces estaban apagadas.

Biron se sentó en la cama, apoyó las grandes manos en los musculosos muslos y reflexionó. Por lo general, un asunto así provocaría una tremenda discusión con el personal de servicio. Nadie esperaba que el dormitorio de la universidad fuera un hotel pero, por el Espacio, cabía esperar ciertas pautas mínimas de eficiencia. Y ya no era de importancia vital. Pronto se graduaría y terminaría. En tres días daría el último adiós a la habitación y a la Universidad de la Tierra; más aún, a la Tierra misma.

Aun así, podía denunciarlo, sin ningún comentario. Podía salir y usar el teléfono del pasillo. Tal vez le trajeran iluminación con energía autógena o le preparasen un ventilador para que pudiera dormir sin sensaciones psicosomáticas de sofocación. ¡De lo contrario, al Espacio con ellos! Dos noches más.

A la luz del inservible visífono, localizó un par de pantalones cortos. Se puso un jersey y decidió que era suficiente. Conservó las sandalias. No había peligro de despertar a nadie aunque corriera por los pasillos con tacones altos, teniendo en cuenta las paredes gruesas y casi herméticas de ese túmulo de hormigón, pero no tenía sentido cambiarse.

Caminó hacia la puerta y tiró de la palanca, que bajó despacio. Oyó el chasquido que anunciaba que la puerta se destrababa. Pero no se destrabó. Y aunque tensó los bíceps, no logró nada.

Retrocedió un paso. Esto era ridículo. ¿Había un apagón general? Imposible. El reloj funcionaba. El visífono aún recibía.

¡Un momento! Podían haber sido los estudiantes, benditas fueran sus almas veleidosas. A veces hacían esas travesuras. Pueril, desde luego, pero también él había participado en esas bromas tontas. Uno de sus compañeros podría haber entrado sigilosamente durante el día para hacer los preparativos. Pero no, la ventilación y las luces funcionaban cuando él se fue a dormir.

Durante la noche, entonces. El dormitorio era un edificio viejo y anticuado. No se necesitaba un genio de la ingeniería para manipular los circuitos de iluminación y ventilación. Ni para atascar la puerta. Y ahora esperarían al amanecer para ver qué pasaba cuando el bueno de Biron descubriera que estaba encerrado. Quizá lo dejaran salir al mediodía y se desternillaran de risa.

-Ja ja -murmuró Biron de mal humor. Vale, así eran las cosas. Pero tenía que hacer algo, revertir la situación.

Dio media vuelta y pateó algo que patinó por el suelo con ruido metálico. Apenas pudo distinguir su sombra bajo la luz tenue del visífono. Buscó a tientas bajo la cama. Lo sacó y lo expuso a la luz. (No eran tan listos. Tendrían que haber desactivado el visífono por completo, en vez de estropear sólo el circuito de envío.)

Era un cilindro pequeño con un orificio en la ampolla de arriba. Se lo acercó a la nariz y lo olió. Eso explicaba el olor de la habitación. Era hipnita. Los estudiantes la habrían usado para que él no se despertara mientras se ocupaban de los circuitos.

Ahora Biron podía reconstruir el procedimiento paso a paso. Se habían valido de una herramienta para abrir la puerta, algo que era sencillo, y la única parte peligrosa, pues él podría haberse despertado. Podrían haber preparado la puerta durante el día, incluso, de modo que pareciera que se trabara sin trabarse de veras. Él no la había probado. Una vez abierta, podían meter una lata de hipnita en el interior y cerrar de nuevo. El anestésico brotaría despacio, hasta llegar a la concentración de uno en diez mil que se requería para dormirlo profundamente. Luego entrarían enmascarados, sin duda. ¡Por el Espacio! Un pañuelo húmedo los protegería de la hipnita quince minutos, y no necesitaban más.

Eso explicaba por qué el sistema de ventilación no funcionaba. Había que eliminarlo para impedir que la hipnita se dispersara rápidamente. Más aún, era lo primero que habrían desactivado. La anulación del visífono le impedía recibir ayuda; el atasco de la puerta le impedía salir; y la ausencia de iluminación inducía pánico. ¡Qué chicos tan simpáticos!

Biron resopló. Era socialmente imposible ser demasiado quisquilloso. Una broma era una broma. En ese momento habría querido derribar la puerta y liquidar el asunto. Los bien entrenados músculos de su torso se tensaron ante ese pensamiento, pero sería inútil. Habían construido la puerta pensando en explosiones nucleares. ¡Esa condenada tradición!

Pero tenía que haber una escapatoria. No podía permitir que se salieran con la suya. Primero necesitaría luz, una luz potente, no el fulgor inmóvil e insatisfactorio del visífono.

No era problema. Tenía una linterna en el guardarropa.

Mientras palpaba los controles de la puerta del guardarropa, se preguntó si también la habrían atascado. Pero se abrió con naturalidad, y encajó sin problemas en el hueco de la pared. Biron asintió con satisfacción. Tenía sentido. No había motivos para atascar el guardarropa, y tampoco tenían tanto tiempo.

Luego, mientras se alejaba linterna en mano, toda su teoría se desmoronó en un horrendo instante. Se puso rígido, tensó el abdomen y contuvo el aliento para prestar atención.

Por primera vez desde que había despertado, oyó que el dormitorio murmuraba. Oyó la conversación risueña e irregular que entablaba consigo mismo y de inmediato reconoció el sonido.

Era imposible no reconocerlo. Era "el cascabeleo de muerte de la Tierra". Lo habían inventado mil años atrás.

Para mayor precisión, era el ruido de un contador de radiación, que indicaba las partículas cargadas y las ondas gamma que detectaba, y las suaves y chasqueantes pulsaciones electrónicas se fusionaban en un murmullo. El sonido de un contador, contando lo único que podía contar: ¡la muerte!

Biron retrocedió de puntillas. A dos metros de distancia proyectó el haz blanco en los recovecos del guardarropa. El contador estaba en un rincón, pero con verlo no ganaba nada.

Había estado allí desde que había iniciado sus estudios. La mayoría de los estudiantes de los Mundos Exteriores llevaban un contador durante su primera semana en la Tierra. Sabían que había radiactividad y sentían la necesidad de protegerse. Habitualmente los vendían al curso siguiente, pero Biron no se había deshecho del suyo. Ahora lo agradecía. Fue al escritorio, donde guardaba su reloj de pulsera cuando dormía. Estaba allí. Le temblaba la mano cuando lo sostuvo a la luz de la linterna. La correa del reloj era de plástico entretejido flexible de una blancura casi líquida. Y era blanca. La alejó y probó en distintos ángulos. Era blanca.

También había comprado la correa al iniciar sus estudios. La radiación intensa la ponía azul, y en la Tierra el azul era el color de la muerte. Era fácil perderse en un sendero de suelo radiactivo durante el día si uno se desorientaba o se descuidaba. El gobierno cercaba muchos terrenos peligrosos, y nadie se acercaba a las vastas superficies mortíferas que comenzaban a varios kilómetros de la ciudad. Pero la correa era una protección.

Si se ponía levemente azul, uno debía buscar tratamiento en un hospital. No había discusión. El compuesto de que estaba hecha era tan sensible a la radiación como un ser humano, y se podían usar instrumentos fotoeléctricos apropiados para medir la intensidad del azul, para determinar rápidamente la gravedad del caso.

Un azul profundo y brillante significaba el fin. Ese color nunca volvía a la normalidad, y la víctima tampoco. No había cura, ni oportunidad, ni esperanza. Uno se limitaba a esperar, desde un día hasta una semana, y lo único que podía hacer el hospital era encargarse de los trámites para la cremación.

Pero todavía estaba blanca, y Biron se tranquilizó un poco.

Entonces no había mucha radiactividad. ¿Podía ser sólo otro aspecto de la broma? Biron reflexionó y decidió que no. Nadie le haría eso a otro. No en la Tierra, al menos, donde la manipulación ilegal del material radiactivo era un delito capital. En la Tierra se tomaban la radiactividad en serio. No les quedaba más remedio. Así que nadie haría esto sin una muy buena razón.

Se planteó esa idea clara y explícitamente, afrontándola sin rodeos. La buena razón, por ejemplo, del deseo de asesinarlo. ¿Por qué? No podía haber motivo. En sus veintitrés años de vida, nunca se había ganado enemigos acérrimos. No tan acérrimos como para querer matarlo.

Se aferró el pelo cortado a cepillo. Era algo ridículo, pero inevitable. Regresó cautelosamente al guardarropa. Tenía que haber algo que emitía radiación, algo que no estaba ahí cuatro horas antes. Lo vio al instante.

Era una caja pequeña de quince centímetros de lado. Biron la reconoció y sintió un temblor en el labio inferior. Nunca había visto una, pero había oído hablar de ellas. Alzó el contador y lo llevó al dormitorio. El murmullo bajó, casi cesó. Comenzó de nuevo cuando apuntó hacia la caja la delgada partición de mica por donde entraba la radiación. No había la menor duda. Era una bomba de radiación.

La radiación actual no era mortífera; era sólo una mecha de encendido. Dentro de la caja había una diminuta bomba nuclear. Isótopos artificiales de corta vida la calentaban lentamente, impregnándola con las partículas apropiadas. Cuando se alcanzaba cierto umbral de calor y densidad de partículas, la pila reaccionaba. No con una explosión, habitualmente, aunque el calor de la reacción fundiría la caja reduciéndola a una papilla de metal, sino con un borbotón de radiación letal que mataba cualquier criatura viviente en un radio de dos metros a diez kilómetros, según el tamaño de la bomba.

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