Preocupaciones de la gente corriente

  • El historiador francés Robert Fossier asombra con una visión cercana y universal del hombre común de la Edad Media

No es la Edad Media de los torneos que magistralmente narrara Georges Duby en la figura de Guillermo el Mariscal. Tampoco la de los juegos del amor cortés que Huizinga exploró en su Homo ludens. Ni siquiera la de los buhoneros y quincalleros que recorrían los caminos enfangados de media Europa para surtir de productos exóticos las primeras cortes feudales, según la imagen que se nos quedó grabada cuando leíamos a Henri Pirenne. Esta gente de la Edad Media que nos descubre Robert Fossier, profesor emérito de la Sorbona, somos nosotros mismos hace tan sólo mil años. Tan semejantes en nuestros miedos y alegrías, como distintos en la manera de enunciarlos y querer explicarlos.

En este ser y no ser los mismos de siempre se encuentra la principal virtud de un ensayo que está hecho desde la lucidez que aporta una vida académica plena y la humildad de admitir lo mucho que aún no conocemos de nuestros antepasados. Un libro que huye de la erudición y el aparato crítico, elige los ejemplos justos, sin perder por ello profundidad. Se lo puede permitir Fossier, el autor de la Infancia de Europa, El trabajo en la Edad Media y tantos otros títulos fundamentales en la biblioteca de cualquier medievalista. Y se lo agradece el lector que se interna en un mundo, en principio, tan lejano por el camino más corto: el de su mismidad, su extrema limitación pero, a la vez, su insaciable curiosidad y deseo de saber, que son los mismos ayer que hoy.

Desnudo llega al mundo el hombre y así lo presenta Fossier en el primer capítulo del libro. Una criatura fea, de miembros atrofiados y poco útiles. La más débil del reino animal. Amenazado por enfermedades y peligros, sobrevive a duras penas, atribuyendo las pestilencias y fiebres mortíferas al castigo divino y los desarreglos de vida a las debilidades de carácter. Los supervivientes crecen con dificultades. La vida de pareja, hoy dominante, se amplía al grupo de parientes, indispensable en comunidades pequeñas, abocadas a la colaboración y la solidaridad. Vivir juntos era algo natural pero puede interpretarse de manera ambivalente: impulso voluntario de generosidad o conjuración del miedo (a la noche, la traición o la violencia).

En tan estrechas condiciones de vida, la relación con la naturaleza y con los otros animales se percibe como una frontera inmediata que condiciona decisiones fundamentales sobre el hábitat, la vivienda y las labores cotidianas. Que si se inundan los campos, como ocurrió durante siglos en las aldeas de Frisia, que las plagas de roedores o insectos hacen estragos en las cosechas... Los elementos más temibles de la naturaleza, el mar y el bosque, eran también los más atrayentes, fuente de curiosidad y paisaje para la ensoñación. Mientras el trato con los animales se desarrollaba entre el miedo a la amenaza física (los siniestros aullidos nocturnos) y el respeto y la familiaridad del bien económico que sirve, protege, da vestido y alimento.

Además de lo novedoso del enfoque (que contrarresta la tendencia última a definir modelos de vida singulares: el monje, el caballero, el peregrino) este libro no está exento de observaciones personales que al conocedor del mundo medieval sorprenderán por su agudeza: el redescubrimiento de la sensibilidad hacia la infancia que la historiografía de hace un par de décadas soslayaba o la relectura de las actividades del mundo rural a la luz de la estructura de los grupos familiares, que antes que la extensión de la cuchilla o la vertedera, ayudan a explicar la organización del paisaje del agro. Por tantos motivos, pues, demos la bienvenida a otro libro capital para los amantes de la Edad Media.

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