Pintor, que pintas con devoción

Nunca es tarde para el europudding de perfil televisivo y apariencia lujosa. Que se lo pregunten a los productores griegos y españoles de este caro y acartonado biopic a mayor gloria de la simplificación de la vida de El Greco y su anacrónico perfil como artista atormentado e iluminado en tiempos de oscuridad, barbarie y Contrarreforma.

Narrada a golpe de voz en off con sus pertinentes flash-backs, El Greco se reviste de ese aséptico academicismo que borra todo matiz para llamar a las cosas por su nombre y encajar el relato histórico en los rigores de la biografía novelada a partir de momentos estelares. Generosa en vestuario y decorados, la película recorre episodios determinantes de la vida del artista desde Creta a sus últimos días en Toledo enfrentado a la Inquisición, previo paso por Venecia y formación en el taller de Tiziano.

El británico Nick Ashdon se deja barba y adopta pose de rockero para recitar su medido texto, y Juan Diego Botto, que interpreta al Gran Inquisidor Niño de Guevara, le da la réplica con una risible tensión homo-erótico-espiritual de fondo que se manifiesta en visiones celestiales bajo los acordes de un Vangelis autoparódico.

Si han tenido la desgracia de ver la película en su versión original en inglés, estarán de acuerdo conmigo en que la pronunciación y el acento de buena parte del elenco recuerdan a la ya famosa y desternillante alocución de Emilio Botín, chairman of Banco Santander, que tanto éxito ha tenido en YouTube.

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