Crítica de Cine

Pésimo regreso a Entebbe

Una escena de la película. Una escena de la película.

Una escena de la película.

Siete días en Entebbe confirma que la en su día muy alabada y premiada Tropa de élite de José Padilha era lo del burro que tocó la flauta por casualidad o una hábil engañifa (como en el caso de Ciudad de Dios de Fernando Meirelles, me inclino por lo segundo). Las filmografías posteriores de ambos directores lo han demostrado. En el caso de Padilha al triunfo de Tropa de élite siguió su exprimido con Tropa de élite 2 -la película más taquillera de la historia del cine brasileño-, el paso a Hollywood con el remake de Robocop, sus expediciones televisivas con Narcos y ahora esta mediocre recreación del asombroso suceso real del rescate por parte de las tropas especiales israelíes del centenar de pasajeros de un avión de Air France secuestrado en 1976 por cuatro terroristas: dos palestinos y dos alemanes de las Células Revolucionarias. Lo que asombra, además de la perfecta planificación del rescate, es que este se produjo en el aeropuerto de Entebbe, en la Uganda de Idi Amin cuya sanguinaria dictadura apoyaba a los terroristas secuestradores.

La espectacularidad de este rescate lo hizo inmediatamente atractivo para la televisión y el cine. Más de media docena de películas lo recrearon desde el mismísimo 1976, entre ellas Raid on Entebbe y Victoria en Entebbe (1976),Operation Thunderbolt (1977), Operation Thunderbolt: Entebbe (2000) u Operation Entebbe (2016). Ninguna fue gran cosa, pese a que alguna como Victoria en Entebbe tuvo un lujosísimo reparto: Anthony Hopkins, Elizabeth Taylor, Burt Lancaster, Kirk Douglas, Helen Hayes y Richard Dreyfuss. Esta otra aproximación no añade nada. Le falta lo que le hizo la fortuna de Tropa de élite: astucia o inteligencia para planificar la acción como un espectáculo electrizante rodeándola de un marco político que le diera sentido que fuera más allá del simple espectáculo violento. A lo mejor han elegido a Padilha para que repitiera la jugada pero aquí la acción o la violencia no apabullan y el complejo contexto político en el que se involucran gobiernos, servicios secretos, el terrorismo palestino o el revolucionario que en los 70 azotaba a Europa, la Guerra Fría y el siempre inestable Oriente Medio no está ni bien reconstruido, ni bien sintetizado, ni bien integrado en la acción. Los personajes, sólo correctamente interpretados por Rosamund Pike y Daniel Brühl (los terroristas alemanes) de una parte, y Eddie Marsan y Lior Askhenazi (Simon Peres e Isaac Rabin) de otra, tampoco logran transmitir bien las personalidades reales ni, en el caso de los terroristas, las intenciones que guían sus acciones. El supuestamente atrevido montaje paralelo final, que mezcla el rescate con un estúpido ballet contemporáneo, es sencillamente grotesco por su fracasada ambición.

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