Ensayos y tentativas antes de la primera caída

Se recupera, primero en cine y ahora para el ámbito doméstico (Avalon en Filmoteca Fnac), la ópera prima -pasado por alto el experimento Alice in Hollywood- de Gus Van Sant. Y llega, significativamente o no, cuando el autor de ParanoidPark se ha convertido en referente ineludible de la última y más especializada cinefilia, justo la misma que, antes de la resucitación -Gerry (2002)-, lo consideraba modelo de cineasta vendido al capital por un plato de lentejas.

Y, salvando las distancias y sin buscar improbables semillas, hay un trazo importante entre Malanoche y Gerry. Menos estético que moral. Es la vocación de hacer del rodaje una aventura dúctil y frágil en la que nada está cerrado de antemano, en la que la palabra de un guión o el dibujo de un storyboard no agotan la imaginación o coartan el acercamiento a la realidad, vista entonces como un campo de experimentación, como una vieja alacena de la que robar alimentos en conserva, ya exquisitos, ya caducados y peligrosos. Ahora con la portabilidad de la nueva tecnología, antes con la cámara de reportajes, el 16mm. y el equipo reducido, siempre se trata de un cine a la fuerza cómplice y amenazado. Y es de la imperfección y el arrojo de los que nace lo mejor de Malanoche, su estatuto de filme balbuciente. Levantada sobre las páginas de Walt Curtis, trasunto tardío de los Kerouac, Ginsberg y compañía, el filme brilla cuando la literatura cesa y emerge la mirada deseante del cineasta. Es el Van Sant que recorre los cuerpos, apremia los gestos y observa embelesado el fugaz instante de esplendor de la carne bajo la luz de una farola o en la violenta refriega física. El atrevido fotógrafo John Campbell, curtido en el reportaje directo, emparenta el filme con cierto expresionismo urgente de serie B -aquí, como advirtió Gonzalo de Lucas, estamos más cerca de Lewis o Ulmer que de Jarmusch- llevando a la forma esa tensión del que mira con deseo: hay mucho blanco y negro y pocos grises; en la postura de Tim mucho egoísmo disfrazado de superficial interés por el Otro; en la de los mexicanos, poca conciencia de clase y bastante oportunismo. Eso sí, los momentos grises, cuando llegan, son de extrema belleza, la comunión de los distintos alrededor del cine.

En los extras de la edición aparece Van Sant hablando del contexto en el que se creó Malanoche. En un momento dado advierte cómo en Drugstore cowboy, sólo cuatro años después, el equipo de rodaje le impedía acercarse a la realidad. Ya había que crearla, representarla, nunca más sorprenderla. Pasado el largo purgatorio, Van Sant volvió a la infancia.

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