música | aniversario de the last waltz

Cántame, dinosaurio

  • Hace 40 años un Scorsese pasado de todo estrenó el más grande (o insufrible) documental del rock

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El día de Acción de Gracias de 1976 se despidieron los canadienses The Band tras dieciséis años ininterrumpidos, aunque no siempre con el mismo nombre, en la carretera. The Band serán recordados por dos cosas: por ser los aliados de Bob Dylan en su paso del folk a la electricidad –fueron su banda en la histórica gira del 65 y estuvieron en el estudio en la grabación del rompedor Blonde on blonde– y por protagonizar uno de los musicales más exuberantes jamás filmados. Aquel documental llevaba la firma de Martin Scorsese, quizá no el más lúcido de los scorseses posibles, quizá no una de sus obras capitales, pero cuatro décadas después todavía se habla de ello, se habla de aquel último vals.

Y efectivamente, allí, en el Winterland Ballroom de San Francisco, aquella noche de Acción de Gracias, estuvo Martin Scorsese, acompañando a la mayor constelación de estrellas del rock nunca reunidas sobre un escenario: Eric Clapton, Joni Mitchell, Bob Dylan, Ringo Starr, Ron Wood, Van Morrison, Neil Young, Muddy Waters...

Año y medio después de aquella despedida (en estos días se cumplen 40 años y a cuenta de esto este artículo) Scorsese se presentó con su amigo Robbie Robertson en el paseo de la Croissette de Cannes con The last waltz, fuera de concurso, bajo el brazo, al igual que iban Billy Wilder con su Fedora y George A. Romero con una nueva entrega de sus zombis.

Robertson, guitarrista y compositor de algunas de las más célebres piezas de The Band, tenía un ego descomunal. Figuraba como productor y casi protagonista absoluto del film, el perejil de casi todas las escenas, en detrimento de los secundarios, sus compañeros Levon Helm, batería excepcional, voz prodigiosa, fallecido hace unos años con una de las carreras musicales más fascinantes a sus espaldas, y un bajista colosal, Rick Danko, el siempre sonriente Danko. Danko y Helm puede que hayan sido la más virtuosa de las secciones rítmicas de una banda de rock, aunque Scorsese los convirtiera en comparsas en el film porque aquello era la fiesta que se había montado Robertson con su colega Scorsese. De los otros dos miembros del grupo, Richard Manuel y Garth Hudson, apenas hay noticias en el metraje y cuando Manuel sale parece más una máscota que el gran pianista que fue. Y entonces veremos durante el documental las caritas de Robertson en plan total, conquistador, dominador, cantando coros (aunque él, en verdad, no cantaba un pimiento) con su guitarra de dos mástiles y el rostro templado, siempre consciente de la presencia de la cámara. Después, en las entrevistas, aparece como cerebral, determinante. Incluso se da el lujo de pegarse un duelo con Eric Clapton del que, naturalmente, sale perdiendo. Estamos hablando, según la revista Rolling Stone, del segundo mejor guitarrista de la historia contra el número 59. Apliquen eso a Wimbledon y verán hasta qué punto se nota la diferencia.

Robertson y Scorsese se encerraron a montar la película: “Parecíamos vampiros”

The Last Waltz, por tanto, tiene sus hilos narrativos paralelos sin quererlo Scorsese, que qué iba a querer, que es posible que no supiera ni muy bien lo que estaba haciendo cuando filmaba en los camerinos las interioridades de un grupo que abandonaba tras dieciséis años de batalla y donde se ve más de lo que se cuenta. Con todo ello, salió una película hermosísima, en la que Robertson, el que había decidido el fin y filmar el suicidio a su mayor gloria, je, es el malo.

Helm se agarró el gran cabreo al ver la película.Había sido utilizado para la canonización del miembro de The Band que menos le interesaba The Band con la colaboración de un cineasta que, por entonces, simplemente era la joven promesa que había filmado cuatro películas (eso sí, una de ellas era nada menos que Taxi driver) y que en esos momentos estaba enfrascado en la megaproducción New York New York. ¿Qué tenía que ver él con el rock? Quizá Helm no sabía por entonces que Scorsese había sido el montador en 1970 del histórico documental Woodstock.

Más que la película, una delicia para los amantes del rock americano y quizá no tanto para todo el que no lo sea, lo que eleva a mítica la filmación y el montaje está más en su making off que en el resultado en sí con la presencia en el escenario de un buen puñado de lo que hoy calificaríamos como el jurásico dorado. Dos libros, uno publicado en kindle hace poco más de un año, Imposible vivir así, de Miguel y Enrique López, y otro hace más de veinte, la ya clásica aproximación a la revolución del cine de los 70 Moteros tranquilos, toros salvajes, de Peter Biskind, abordan aquella historia.

Leyendo el libro de los López uno se sumerge en Sálvame DeRock y descubrimos cosas que intuimos viendo el film. Por ejemplo, que las dos megaestrellas invitadas, el beatle y el stone, Ringo Starr y Ron Wood, pasaban por allí sin enterarse de qué iba la cosa (apenas aparecen en tres o cuatro planos); pero también que Joni Mitchell tuvo que aguantar el acoso rijoso de Muddy Waters (por entonces el gran ídolo negro del blues cumplía los 63 años y Joni era una encantadora dama country en travesía al jazz de 33 primaveras) o, sobre todo, que maliciándose lo que se maliciaba Levon Helm, éste se pasó el concierto poniendo de hijoputa para arriba a Robertson. Es antológico el momento en que Helm mira con una especie de estupor y desprecio a Robertson cuando éste le interrumpe su discurso para explicar por qué Neil Diamond, al que mete entre los grandes cantautores, es tan sensacional. Neil Diamond pintaba más bien poco en ese funeral, pero por entonces era una estrella y Robertson quería estrellas y no tanto a ese negro viejo, Muddy Waters, imposición en el elenco de Helm si Richardson quería sacar adelante su maldito vals.

Mientras, Scorsese levitaba en los camerinos. Su consumo de cocaína por aquel entonces era bulímico, a lo que había que sumar sus neuras autocompasivas y de complejo de inferioridad sexual. En definitiva, aquello era un caos. Milagroso que en la pantalla luego todo resultara tan armonioso, tan deslumbrante. Pero buena parte del mérito hay que otorgarlo a una alineación galáctica entre los operadores:Michael Chapman (ese blanco y negro seco de Toro salvaje), Vilmos Zsigmond (la naturaleza hostil de Deliverance) y Laszlo Kovacs (a quien debemos Easy Rider). Cada plano es orfebrería.

A las pocas semanas del concierto, la mujer de Scorsese, la periodista Julia Cameron, le mandó a paseo. Le había aguantado exactamente un año. Al enterarse, Robertson decidió dejar a su familia para instalarse con Scorsese en su casa sin muebles de Mullholand Drive. Robertson no pensaba en otra cosa que convertirse en una estrella del cine y estaba seguro de que Scorsese era su pasaporte, cuenta Biskind. Robertson recuerda la casa oscurecida con las persianas echadas las 24 horas del día. “Parecíamos vampiros”, ha admitido Scorsese. En ese ambiente, con groupies permanentemene rulando en tanga por el lugar, se iba a montar The last Waltz.

Pastillas, cocaína, un par de botellas de vodka al día y otro tanto de vino... Fue la dieta de la extraña pareja durante seis meses. De madrugada llamaban al montador, Yeu Bun-Yee, para ponerle la cabeza loca con ideas que una noche eran de una manera y otras de otra.

Cuando Scorsese vio desfilar ante sus ojos los créditos finales de The Last Waltz en Cannes no sabía ni lo que había hecho. “Me quedé vacío, me di cuenta de que no me gustaba lo que estaba haciendo”. Su próxima película sería Toro salvaje. Ganó dos Oscar. Tardaría más de veinte años en volver a rodar un documental musical. En 2005 realizó No direction home: Bob Dylan, que transpira nostalgia. Es un documental maravilloso, pero no tiene ese increíble juego subterráneo que destilaba The last waltz, fin de un tiempo. Los Pistols habían sacado Never mind the bollocks... mientras Scorsese y Robertson vivían a oscuras en la mansión de Mullholand Drive. El punk había llegado para convertir a la aristocracia rock en una generación cocainómana que se paseaba desconcertada por los pasillos de sus palacios. Y ese acabó siendo el vals de Scorsese.

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