Adiós al último clásico argentino

  • El autor de 'El túnel', 'Sobre héroes y tumbas' y 'Abbadón el exterminador' fallece a los 99 años en su casa de Buenos Aires · Dedicó una amplia y diversa obra ensayística a la reflexión sobre la condición humana

Ernesto Sábato, un escritor esencial de las letras argentinas, el último gigante de un país donde en el siglo XX coincidieron Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Julio Cortázar, murió ayer a los 99 años en su casa de las afueras de Buenos Aires, donde permanecía recluido desde hacía años a raíz de sus problemas de salud, informaron ayer sus allegados. Prácticamente ciego, el escritor se había visto obligado en los últimos años a abandonar la lectura y la escritura, y a llenar su tiempo con la pintura y otras aficiones que practicaba en su vivienda. Sus cuadros estaban llenos de elementos surrealistas y expresionistas, con una utilización dramática del color, tal vez reflejando en ellos el desgarro que percibía en la sociedad.

En los últimos días, una bronquitis había complicado su salud. "Se nos fue de noche, es un grande que se va. Hace 15 días tuvo una bronquitis y a la edad de él esto es terrible", señaló Elvira González Fraga, últoma pareja del autor y su colaboradora profesional más cercana durante toda su vida. "Venía sufriendo desde hacía tres años. De alguna manera se acercaba a los 100 años, pero era doloroso de ver", confesó la mujer.

Pesimista e inclinado irremediablemente a la tristeza, Sábato fue un hombre ateo, polémico, defensor de los derechos humanos, desilusionado de la civilización, pintor de horrendas imágenes oníricas. "Yo escribo porque si no me hubiera muerto; escribo para buscar el sentimiento de la existencia", confesó en una ocasión quien en el ocaso de su vida dejó su testamento espiritual en Antes del fin, un libro en el que un Kafka de fin de siglo indagaba en la perplejidad y el desconcierto inagotables del hombre contemporáneo. "Extraviado en un mundo de túneles y pasillos, el hombre tiembla ante la imposibilidad de toda meta y el fracaso de todo encuentro", escribió.

A pesar del potente desamparo que por lo general provocaba la lectura de sus libros, en la citada obra el escritor proponía, "con la gravedad de las palabras finales" de una vida, "que nos abracemos en un compromiso... sólo quienes sean capaces de sostener la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido".

Además del Premio Cervantes de 1984, nueve años antes había obtenido el premio de Consagración Nacional de la Argentina y un año más tarde el premio a la Mejor Novela Extranjera en Francia, por Abaddón el exterminador. Italia lo homenajeó en 1977 con el premio Medici, España un año después con la Gran Cruz al mérito civil, y en 1979 Francia lo distinguió como Comandante de la Legión de Honor. Y sin embargo, pese a los reconocimientos internacionales y de transformarse en uno de los iconos populares de la literatura argentina y suramericana, Ernesto Sábato descreía de sus dotes de escritor. "Nunca me he considerado un escritor profesional, de los que publican una novela al año. Por el contrario, a menudo, en la tarde quemaba lo que había escrito a la mañana", declaró.

La política lo encontró en las filas de la Juventud Comunista y enfrentado al peronismo en los años 40, pero su máxima expresión de compromiso social lo demostró en la primavera democrática a mediados de los 80, cuando presidió la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas (Conadep). El informe de la Conadep, conocido como Nunca más y prologado por el escritor, fue base del juicio a las Juntas Militares en 1985, considerado el Nuremberg argentino.

"Para los latinoamericanos de mi edad, Sábato no sólo era el autor de novelas memorables como El túnel, Sobre héroes y tumbas y Abbadón el exterminador, sino especialmente el intelectual que recibió la misión de investigar los crímenes de las dictaduras militares argentinas, en virtud de su rectitud, su decencia y su lucidez", dijo en este sentido el escritor peruano afincado en Sevilla Fernando Iwasaki.

Nacido el 24 de junio de 1911 en la ciudad bonaerense de Rojas, el penúltimo de 11 hijos, Sábato intentó primero comprender el mundo a través de la ciencia y se doctoró en física en la Universidad de La Plata. Trabajó en radiaciones atómicas en el laboratorio Curie de París, pero en 1945 abandonó desalentado este camino porque, afirmó, estaba desencadenando "un Apocalipsis".

Decepcionado por la ciencia, abrazó la literatura y ese mismo año escribió el ensayo Uno y el Universo. Después, con sus únicas tres novelas, El túnel, Sobre héroes y tumbas y Abaddón el exterminador, traducidas a más de 30 idiomas, se consagró definitivamente como escritor.

"Mi padre tiene una mezcla disparatada de pensamiento racional con fantástico, uno de los puntos de partida de sus obras. Eso diferencia a un científico que examina con racionalidad el mundo con su contexto y a un creador que lo transforma", dijo su hijo, el cineasta Mario Sábato, en un reciente homenaje. Según contó éste, el escritor estaba al cuidado de enfermeras y apenas hablaba, aunque ocasionalmente rompía su silencio para mantener algún breve diálogo con la familia.

Mario es el hijo menor de Sábato y su fallecida esposa Matilde Kusminsky Richter, y es autor del documental Ernesto Sábato, mi padre. Matilde Kusminsky falleció en 1998 y a partir de entonces su colaboradora de siempre, Elvira González Fraga, se convirtió en su inseparable compañera. El otro hijo del matrimonio, Jorge Sábato, fallecido en 1995, fue vicecanciller y ministro de Educación del expresidente Raúl Alfonsín (1983-89) y también el primer responsable del área educativa del país que se reconoció públicamente agnóstico.

El centenario de Sábato se habría cumplido el 24 de junio. Iba a ser festejado con múltiples actos en toda Argentina, pero el corazón del escritor dejó de latir este sábado en la localidad bonaerense de Santos Lugares, en el barrio en el que vivió toda su vida y cuyos vecinos esperan para darle el último adiós.

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