Cómo hemos cambiado

  • El ruido y la furia de 2004 han sido traspalados por tendencias bucólicas

¡Hay que ver cómo hemos cambiado! Han pasado cuatro años y comparar esos primeros cien días de gobierno de aquel Zapatero que seguía descubriendo estancias recién aterrizado en La Moncloa con la reedición de la fiesta en 2008 alfombra una duda lisérgica: ¿Son los mismos de entonces este país, el megalíder y su repetida alternativa popular? La respuesta está más o menos clara según el caso.

Meter bajo siete llaves los malos recuerdos es uno de los sistemas de autodefensa más vitales y recurrentes del ser humano porque permite lavar la conciencia a conciencia. La memoria es selectiva por naturaleza y muy capaz de enclaustrar todo aquello que no le conviene. Que levante la mano el que no guarde algún cadáver del que avergonzarse en su armario mental, el más empotrado de todos. Las pequeñas miserias de la intrahistoria particular de cada cual palidecen a la vera de los grandes acontecimientos, aunque no se le pueden poner puertas al campo de la demagogia de la letra pequeña, que siempre puede reorientar los titulares. Pero a ver quién discute en rigor que la crispación que electrizaba este país de esquina a esquina hace cuatro, tres, dos y un año ha sido reemplazada por un bucólico paisaje en el que caben incluso besos y abrazos entre los gobernantes y sus antaño feroces opositores. Ver para creer. ¿Qué pasa aquí?

Es todo un avance que los dirigentes de un país acostumbrado a los garrotazos y al conmigo o contra mí hagan política con mayúsculas y sean capaces de conjugar los respectivos intereses en aras del bien común sin insultos -ni personales ni a la inteligencia del resto de compatriotas- de por medio. Sí. España está más tranquila. Sobre todo porque ha pasado -salvo algunos irreductibles- la página de las terribles dudas sobre el 11-M. Y porque nadie negocia ya con ETA.

La angustia se reduce, no es poco, a la crisis. Ahí entra Rajoy. Tampoco parece el mismo. Ese señor que descarriló hace cuatro años en su camino hacia el poder ha pasado de pregonar que España se rompe a auspiciar el diálogo con los nacionalistas. Ese hombre enfurruñado y faltón que se subía por las paredes con voz atiplada se ha sosegado y resulta blando y fláccido para los más duros. ¿Ha cambiado? ¿Es tacticismo o hay algo más ahí?

¿Y ZP? ¿Otra ficción? Hace cuatro años decía que el poder no iba a cambiarlo y que no iba a celebrar sus primeros cien días como gran líder del país para no caer en la autocomplacencia. Un periodo en el que salieron las tropas de Iraq, se aprobó la Ley Integral contra la Violencia de Género y aumentaron las becas y el salario mínimo. Y decía que la "única sombra" de su estreno como mandamás era la vuelta del Tireless a Gibraltar. Ahora, en 2008, sus principales logros son la desarticulación de la cúpula etarra, la liberación del Playa Bakio y los golpes a la mafia rusa. Y ahora sí lo va a celebrar, con un macroacto. ¿Se nos ha vuelto autocomplaciente? Y con un problema mucho más profundo que el del submarino: la crisis. ¿Es ZP el mismo? ¿Y Rajoy? Ni sí ni no, sino todo lo contrario, decía el siempre atinado Groucho.

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