Coordinación, descoordinación y crisis

  • La UE ha demostrado su incapacidad ante los estados nacionales · No ha logrado convencer a Alemania para que aumente el gasto público, mientras Italia anuncia un plan de rescate que cubriría Bruselas

HA estado alguna vez en un restaurante en Alemania? Si ha intentado pagar con una tarjeta de crédito, es probable que no haya podido. El que las tarjetas de crédito no se hayan generalizado hasta hace apenas 5 años en uno de los países más avanzados del mundo, resulta completamente paradójico, pero refleja muy bien el espíritu y la cultura alemanas. Ahorrar, gastar estrictamente lo que se tiene, no endeudarse, frugalidad. Estos son algunos de los lemas de aquella sociedad.

Desde que aparecieron los primeros síntomas de la crisis económica, políticos, periodistas y expertos han estado mirando a Alemania intentando averiguar las intenciones del gobierno. Angela Merkel ha insistido que no esperasen una política fiscal agresiva, porque no está dispuesta a contribuir al tipo de comportamiento que ha precipitado la crisis: gasto sin límite, endeudamiento y exceso de consumo.

Pero la presión internacional y la evidencia de la gravedad de la crisis están cambiando el tenor de las declaraciones públicas. "Todas las opciones están ahora abiertas", afirmaba Merkel esta semana. Las finanzas públicas están equilibradas y el sector exterior muestra un superávit superior al 6% del PIB. Ninguna otra economía occidental -excepto Japón- se encuentra en mejores condiciones para articular una política fiscal expansiva que tire de la demanda del resto del mundo, especialmente de los países de la UE.

Estados Unidos y el Reino Unido, que han aprobado planes fiscales multimillonarios, presentan un estado de las cuentas públicas y un sector exterior en condiciones mucho peores para sostenerse durante un periodo prologando.

La gravísima situación que vivimos exige la coordinación de las políticas fiscales internacionales. Ya se lleva a cabo con la política monetaria: los bancos centrales están actuando de forma coordinada porque no conlleva rechazo político. Pero la política fiscal puede generar un fuerte coste interno en términos electorales.

La necesidad de coordinación proviene de dos hechos. Primero, el gasto en consumo e inversión agregados serán tanto mayores cuanto más países implementen programas expansivos de gasto público o de rebaja de impuestos. Y en segundo lugar, porque de acuerdo con el modelo estándar que los alumnos estudian en las Facultades de Económicas (el modelo Mundell-Fleming), un aumento unilateral del gasto público por parte de un país se filtra íntegramente al resto del mundo a través de un aumento de las importaciones, por la apreciación del tipo de cambio real.

No existen, pues, incentivos para que los países aumenten su gasto unilateralmente, porque el efecto positivo a corto plazo queda rápidamente eclipsado por el aumento de las importaciones. Esto es válido incluso dentro de un área monetaria como la UE, porque aunque la moneda sea común, sigue existiendo un tipo de cambio implícito entre los países, medido por el nivel de precios en cada uno de ellos. Esto es, una rápida expansión del gasto en un país elevaría la renta y los precios más rápidamente que en el resto del área y, en consecuencia, le harían perder competitividad, aumentando el volumen de importaciones.

La UE ha demostrado su incapacidad política frente a los estados nacionales. No ha conseguido convencer a Alemania para que aumente el gasto público. Inglaterra va por libre. Italia -en otra payasada de su gobierno- ha anunciado 80.000 millones ¡con dinero comunitario! Sólo Francia y España han comprometido cantidades apreciables, incrementando el gasto con sus propios recursos.

El plan presentado por Zapatero la pasada semana en el Parlamento es, creemos, la mitad del que debería ser -40.000 millones de euros-. Pero sin una expansión en paralelo de los principales socios comunitarios, es prudente esperar hasta que el resto de la UE se convenza de que, o impulsan agresivamente el gasto público, o la situación puede derivar fuera de control, por las tensiones sociales que generaría y por el riesgo de reducción generalizada de los precios.

Globalmente, esos 40.000 millones equivalen al 25% del total comprometido por los países de la UE, esto es, al doble del peso de la economía española en el área. Esa cifra hay que compararla con los 5.000 anunciados por el gobierno alemán. Si cogemos una lupa para ver esa cifra en las cuentas nacionales alemanas, creo que ni aún así la veríamos.

Alemania, Francia e Italia representan más de la tercera parte de las exportaciones españolas. España, como los restantes países, necesita que los gobiernos empujen con valentía sus economías.

En todo caso, no nos hagamos ilusiones. Ni la más agresiva, ni la mejor política económica es capaz ahora de evitar la recesión prolongada en la que nos estamos adentrando. Se trata, sobre todo, de evitar una recesión más profunda, que genere una insoportable tasa de paro y la desaparición de miles de empresas. Toda esa factura habrá que pagarla a largo plazo. Pero en el largo plazo, todos estaremos muertos.

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