Aura con forma de dólar

  • El fraude Madoff ridiculiza los filtros de control en EEUU

Teletranspórtense a Queens, Nueva York. En alguna de esas calles oscurecidas por los puentes del Metro nació uno más de los judíos de la Gran Manzana. Atribúyanle un par de buenas características -inteligencia y ambición-. Imaginen al chaval de socorrista en alguna cala de Long Beach, empeñado en acumular unos ahorrillos para montar su negocio. Lo inaugura en 1960 y le dona su propio apellido. Madoff Investment Securities.

Piensen ahora en el carisma de un hombre consagrado. Es un tiburón de Wall Street y su aura tiene forma de dólar. Presidió el Nasdaq. Asesoró al Gobierno. Destacó como filántropo. Su club es exclusivo, sus cribas durísimas. Si resulta usted elegido, sólo puede significar dos cosas: es rico y lo será aún más. Madoff recibe la pasta y la devuelve con rentabilidades del 10%.

¿Cómo lo hace? No se admiten preguntas. Su fórmula es secreta. Bloquea los accesos de los clientes a sus cuentas. Auditoras ridículamente humildes -tres empleados- avalan la legalidad de sus negocios. Sólo los más allegados, los más fieles, los más herméticos lo saben: se trata de aplicar uno de los clásicos timos financieros. Te pago con lo que me dé el siguiente y así sucesivamente. Si indagas más de lo necesario, cancelo nuestro contrato y a otra cosa.

Mr Madoff sabe mover sus fichas. Una de las profesionales que le audita fue su secretaria. Otra desafía los límites convencionales de la jubilación y se gana las lentejas con 80 años. La SEC [equivalente en EEUU a la Comisión Nacional del Mercado de Valores] también está controlada: ha casado a una de sus sobrinas con el señor que husmeó en sus cuentas y actividades en 2003. Es uno de los jefazos de la tribu. Es intocable.

Un día, la pirámide se resquebraja. Alguien tira de la caña y descubre un cachalote. El guión se adapta a Hollywood y varios agentes detienen al veterano tótem. Madoff sabe que desde entonces protagoniza una novela de Tom Wolfe. Confiesa sin pelos en la lengua y lanza una estimación: cree que ha birlado unos 37.400 millones. La banca pide el micro y enumera sus pérdidas, que paulatina y prodigiosamente se acercan a esa cifra. Santander, BBVA, Caja Madrid, Banesto o March son salpicados.

Christopher Cox, presidente de la SEC, se retuerce. Ha fallado pese a las advertencias de los inversores que no picaron. Obama le sustituye por Mary Schapiro y advierte que el sistema de control mejorará radicalmente. Madoff, entretanto, duerme en casa. Aunque sea bajo arresto domiciliario.

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