A la vejez, dopaje

¿Qué puede llevar a un ciclista de 37 años, en el ocaso de su carrera y sin una gran exigencia de resultados a recurrir a la EPO, la sustancia más vigilada en los controles antidopaje del pelotón?

Ésa es la pregunta más repetida en la caravana del Tour después de que Manuel Beltrán diera positivo por EPO en la primera etapa de la ronda gala y abriera el capítulo negro de esta edición.

A falta de respuestas válidas, y con el corredor escudado en un prudente silencio a la espera de que se conozca el resultado del contraanálisis, se extiende la teoría de que el dopaje es una práctica habitual entre una generación de ciclistas que ha superado la treintena, unos corredores que no saben correr de otra forma y que no se han dado cuenta que ha habido un cambio de ciclo en el mundo del ciclismo.

"Beltrán es de la vieja escuela y para esa generación el dopaje formaba, por desgracia, parte de sus vidas", resume el secretario de Estado francés para el Deporte, el ex seleccionador galo de rugby Bernard Laporte, que con sus palabras dice en voz alta lo que muchos piensan en privado.

La mayor parte de los positivos de los últimos años habían superado los 30 cuando fueron pillados, mientras que son escasos los jóvenes que se han dejado cazar.

Las dos grandes excepciones son el alemán Patrick Sinkewitz, que dio positivo antes del pasado Tour pero cuyo caso se conoció durante la ronda gala, y Andrei Kascheskin, sorprendido en la dinámica de dopaje de su compatriota y mentor en este mundillo, Alexandre Vinokourov.

El resto de los casos positivos, hasta llegar a Beltrán, el más veterano de todos ellos, son de ciclistas de la misma generación, un grupo de corredores que han conocido sobre la bici el caso Festina, que inauguró hace diez años la serie negra del dopaje en el Tour, y que han vivido de cerca los casos más recientes que han manchado las crónicas de la ronda gala.

A todo el mundo ha sorprendido el positivo de Beltrán por la ausencia de un objetivo, pero, a toro pasado, la biografía del jiennense había dejado un rastro de indicios que lo relacionaban con un mundillo ciclista frecuentemente relacionado con el dopaje.

Durante años, Beltrán fue el fiel escudero del estadounidense Lance Armstrong, un nombre que cada día que pasa está más relacionado con el dopaje.

El español es el cuarto ex compañero de Armstrong que ha dado positivo tras dejar el equipo del tejano. Antes cayeron el estadounidense Tyler Hamilton, positivo en la Vuelta a España de 2004, el español Roberto Heras, cazado en la de 2005, y el también estadounidense Floyd Landis, positivo tras su triunfo en el Tour del año 2006.

"Es cierto que hay un buen número de compañeros de Armstrong cazados tras dejar su equipo. Pero yo no puedo sacar ninguna conclusión", asegura un prudente Patrice Clerc, patrón de la empresa propietaria del Tour.

Si se bucea más en los archivos de la crónica negra del dopaje, aparece el nombre de Beltrán junto con los de Armstrong el danés Bo Hamburger y el colombiano José Joaquín Castelblanco en un grupo cuya orina contenía restos de EPO en el Tour de 1999, una prueba de culpabilidad que no pudo ser utilizada en contra de alguno de ellos porque sólo fue conocida en el año 2005.

En la ronda francesa miran con alivio que sean los veteranos los que siguen acudiendo al dopaje. Calculadora y biografías en mano, los positivos pertenecen a esa misma generación, a un ciclismo que se quiere combatir a toda costa. A una forma de prepararse que corresponde al pasado.

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