Un trienio incontestable

  • El penúltimo anillo de los 'orgullosos verdes' marcó la cota más alta de la era de Larry Bird en Massachussets, aunque tuvo un nombre propio inesperado: Bill Walton

"Dadme un buen quinteto titular y un buen sexto hombre y yo os daré títulos". La máxima de Red Auerbach, que ya fue eficaz en los años 60, demostró su vigencia entre 1984 y 1986. Entre esos tres años, no hubo mejor jugador de baloncesto en el planeta que Larry Bird -tres veces consecutivas MVP de la NBA- ni mejor equipo que los Boston Celtics. Campeones en 1984 ante los Lakers gracias a una canasta del suplente Gerald Henderson, los orgullosos verdes cayeron con sorpresa y estrépito ante los Lakers en la final de 1985. Auerbach, presidente de operaciones de los Celtics en esa época, detectó intuitivamente el porqué del fracaso: al carecer de relevos para Parish y McHale, Kareem Abdul Jabbar dominó la zona a su antojo, y por ende la eliminatoria, en aquel mes de junio de 1985. Poco después, el mítico Red cerró un traspaso que debía marcar la temporada siguiente, en incluso las sucesivas: cedió al veterano Cedric Maxwell a los Clippers a cambio del pívot Bill Walton y una primera ronda del Draft. El canje causó un cierto sonrojo. Si bien nadie discutía la calidad de Walton, lo que generaba más de una duda era la salud del center pelirrojo ¿Cómo iba a ser un relevo para Parish y McHale, y una alternativa a Kareem, un jugador que a lo largo de su carrera se había perdido más de la mitad de los partidos por sus múltiples lesiones y que, para más inri, se encaminaba hacia los 33 años? Sólo el hecho de que Auerbach fuese el ideólogo del traspaso confería cierta credibilidad al movimiento. Eso sí, a finales de noviembre de 1985 ya nadie dudaba que estaban ante una jugada maestra -otra más- del gran gurú del baloncesto.

Así, bajo la batuta de K.C. Jones, los Celtics mantuvieron una velocidad de crucero inalcanzable. Si en los dos cursos anteriores se habían elevado hasta las 62 y 63 victorias, respectivamente, en la temporada 1985-86 llegaron hasta las 67. Con un quinteto titular inamovible, Boston cuajo una temporada espectacular. Mientras Dennis Johnson dominaba el tempo del partido, un Bird inconmensurable (25,8 puntos, 9,8 rebotes y 7,6 asistencias de media) lideraba el ataque de los Celtics, secundado por McHale 21,3+8,1) y Parish (16,1+9,5), y apuntalado por el juego coral, efectivo y fiable de Ainge. Hasta ahí, no obstante, resultaba poco más de lo ofrecido el curso anterior, y fue entonces cuando Walton marcó la diferencia. Con poco menos de 20 minutos de juego por noche -apenas el respiro que necesitaban Parish y McHale- el pívot promedió 7,6 puntos, 6,8 rebotes, 2,1 asistencias y 1,3 balones. Y lo que es más importante: disputó 80 partidos de los 82 posibles, más que en ningún otro momento de su carrera. Walton aportaba una distribución del juego en el poste bajo que rompía defensas, mientras que bajo su aro mantenía el nivel de exigencia marcado por la dupla McHale-Parish. Los Celtics ya no tenían lagunas, y esperaban la revancha con ansia.

Los play off fueron un paseo. Boston llegó a la final tras superar a los Bulls de Michael Jordan -sus 63 puntos en el segundo partido de la serie fueron tan legendarios como insuficientes- por 3-0; a los Hawks de Dominique Wilkins por 4-1 y a los Bucks de Moncrief y Cummings por 4-0. El único revés de esa campaña fue que en la Final no les esperaron los Lakers. Una canasta de Ralph Sampson eliminó a los campeones y llevó a los Rockets a la Final. No obstante, el reto de superar a los jóvenes jugadores de Houston dio más valor al fichaje de Walton. Entre Sampson y Olajuwon, las llamadas Torres Gemelas, promediaban 47 puntos, 23 rebotes, 6 asistencias y 5 tapones por noche. Fue Walton quien, a base de inteligencia y visión de juego, neutralizó a la pareja interior texana. Los Celtics finiquitaron la serie en el sexto partido, disputado en el Boston Garden. Fue la guinda a un trienio incontestable. En el curso siguiente, y aunque su quinteto inicial mantuvo el inabordable nivel de temporadas precedentes, Bill Walton apenas pudo participar en una decena de encuentros. Los Celtics, envejecidos y sin respuesta desde el banquillo, perdieron la Final de 1987 ante los Lakers por 4-2.

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