Un chándal azul, una vida robada

Ese hombre que camina pensativo por la banda del modesto campo de fútbol de Los Príncipes, en Palos de Moguer, suscita una curiosa controversia. Es un héroe o es un santo. Quizá ambas cosas. Juan José Cortés Fernández, gitano de raza, nacido en Huelva hace 38 años, ha destrozado todos los mitos que sobre la venganza se atribuyen a los de su etnia con un discurso que conmueve el alma y remueve conciencias. "Que sean felices, que Dios les bendiga y que sigamos creyendo en Dios y en la justicia". Pronunció estas palabras para despedirse tras una entrevista radiofónica, una de los cientos que realizó durante los meses que estuvo buscando a su niña desaparecida. Pero esta vez ya sabía lo que había ocurrido. Juan José era un padre que acababa de enterarse de que el asesino de su hija pudo cometer su crimen por un espantoso error del aparato judicial. No existe peor horror. Ni las circunstancias del suceso -¿cómo asumir que un pederasta que debía estar en prisión mató a tu hija de 5 años?-, capaces de derrumbar el carácter más firme, ni la ira popular tras la detención del abominable individuo han hecho mella en un hombre noble, a todas luces ejemplar, una referencia moral de increíble magnitud en un país invadido por espíritus podridos.

Juan José, el entrenador del Pinzón, un modestísimo equipo de la Regional Preferente de Huelva, se ha convertido -muy a su pesar- en un paradigma de valores en desuso o incluso denostados por esos reyes de la vanidad que alardean de coches de último modelo, trajes de firma, novias de pasarela o ipods aún más pequeños que su cerebro, esos peloteros divos que se quejan de que les duele una uña y se recuperan de las lesiones en las barras de las discotecas. Esos niños grandes que berrean cuando no disfrutan del caramelo del halago y siempre encuentran a alguien a quien culpar de sus propios errores. El brillo de esas estrellas del fútbol, siempre efímero y banal, nunca será comparable a la luz que emana de modo natural este pastor de la Iglesia Evangélica de Filadelfia, que se ha significado ante la opinión pública como un hombre de virtudes extraordinarias. El fútbol ha sido uno de sus grandes aliados para soportar -¿lo podrá superar algún día?- el lacerante dolor de la pérdida de su hija. La aparición del cadáver de la pequeña en la ría de Huelva conmocionó a toda España. La entereza de su padre y su mensaje carente de odio pero firme en su planteamiento son hoy, mientras se va apagando el eco mediático de la tragedia, una prueba irreprochable de calidad humana.

Juan José vuelve al fútbol, que siempre ha estado presente en cada momento de su vida, incluso en los peores. No era casual que en todas las ruedas de prensa que dio en la puerta de su casa, en el barrio de El Torrejón, tantas como días (54) estuvo desaparecida Mari Luz, luciese el chándal azul del Recreativo de Huelva. Él estuvo a punto de jugar en el decano del fútbol español. Era un central con planta, pero una lesión le apartó prematuramente de los campos. Entrenó a los juveniles del Recre y ahora sus hijos, de 13 y 9 años, son aspirantes a futbolistas. Dicen que al mayor -es central, como lo fue él- lo quiere fichar el Sevilla. "Ponerme el chándal era el modo de enfrentarme a aquello. Me transmitía el espíritu deportivo al que tenía que aferrarme para seguir. 'Tengo que luchar, tengo que luchar, tengo que luchar...' , me decía".

Y ahí sigue. Luchando. Juan José Cortés recorre otra vez la banda de Los Príncipes, el campo del Pinzón, un equipo al que trata de salvar del descenso. La pasada semana empató en casa con el Moguer. Hoy visita al Trigueros. Pero hay otro partido que le desvela. Necesita 500.000 firmas -descarga de formularios en www.nuevodrom.net- para para pedir que se condene de por vida a quienes abusen de una menor.

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