Magia, perfección y sonrisas

  • El 'Dream team' de Barcelona '92 llevó al baloncesto a su más alta expresión como juego y sedujo al mundo entero con su actitud de caballeros del parquet

"Después de que Díaz Miguel diera el quinteto titular, Rafa (Jofresa) y yo fuimos hacia el centro de la cancha, antes del salto inicial. Le pregunté '¿Tú a quién defiendes, a Jordan o a Magic?' No pudimos evitar partirnos de risa". La anécdota pertenece a Jordi Villacampa, actual presidente del Joventut de Badalona y, en 1992, uno de los privilegiados que pudo ser arrasado -sí, ése es el verbo- por el Dream Team, la selección que EE UU presentó en Barcelona '92. Porque esa era la magia de aquel equipo, verdaderamente de ensueño: destrozaban en ataque, anulaban en defensa pero, pese a ello, los rivales agradecían la paliza. No eran doce jugadores: eran doce iconos -u once iconos y un universitario- que eran los ídolos de cada una de las selecciones que participaron en la cita olímpica española. Con el añadido de Christian Laetnner, los elegidos fueron David Robinson, Patrick Ewing, Larry Bird, Scottie Pippen, Michael Jordan, Clyde Drexler, Karl Malone, John Stockton, Chris Mullin, Charles Barkley y Magic Johnson. Entrenados por Chuck Daly -sólo llevaron a cabo dos sesiones en todo el torneo-, que no tuvo que pedir ni un solo tiempo muerto, fueron la definición de la leyenda.

En esencia, la existencia del Dream Team obedece a la enorme progresión de Europa en los años 80. Tras las derrotas de los combinados USA en Seul '88 y Argentina '90, la FIBA dio por finiquitada la caduca norma que prohibía a los profesionales -léase jugadores de la NBA- tomar parte en los torneos organizados por la Federación Internacional. Esa apertura de puertas conllevó la confección de un equipo que garantizara la vuelta del oro a EE UU, pero no de cualquier manera. Querían ganar y seducir. Lo consiguieron.

Quizá lo más sorprendente del Dream Team era su instinto. Se ensayaron jugadas, pero la conexión en la pista de sus jugadores obedecía al talento innato para interpretar el baloncesto. Como si Beethoven, Bach, Schubert y Mozart hubieran acordado componer e interpretar una sinfonía única e irrepetible, el Dream Team dio un salto cuántico al baloncesto que hasta entonces se había visto. Si la perfección existe, fue aquel equipo.

El Dream Team arrancó su fase de preparación midiéndose en un entrenamiento privado a un combinado de promesas universitarias en el que formaban Grant Hill, Penny Hardaway, Eric Montross o Chris Webber, entre otros. El Preolímpico de Portland fue la puesta de largo del equipo: seis encuentros del torneo de clasificación para los Juegos, en los que el equipo comenzó a hacer soñar. Magic Johnson, de vuelta a la competición a pesar de ser portador del VIH, recobró la sonrisa y sirvió los balones que, con excelencia, culminaban Drexler y Jordan; Bird cumplió el viejo sueño de muchos: formar en el mismo equipo que Magic, su eterno rival. Stockton se entendió con Karl Malone, algo habitual en Utah; Pippen elevó la intendencia a la excelencia; Ewing y Robinson se repartieron los minutos y cerraron cualquier acceso al aro; Chris Mullin, en distancias FIBA, anotaba triples como si fueran tiros libres; y Barkley, como en un buen guión de Hollywood, se peleó con todo el mundo: asumió de motu proprio el papel de malo de la película. Mientras tanto, los rivales caían embelesados: Canadá (106-61), Cuba (136-57), Puerto Rico (119-81), Argentina (128-87) y Panamá (112-52). Todos bendecían la suerte de compartir cancha con el Dream Team, todos llevaban cámaras de fotos y captaban instantáneas desde sus banquillos y todos pedían, al término del choque, hacerse una foto de grupo con sus héroes. Y los Dream Teamers accedían con una sonrisa.

El guión del Preolímpico se truncó mínimamente en Barcelona '92. No en los resultados, sino en pequeñas cuestiones: las lesiones privaron a Magic y Stockton de jugar algunos partidos, en los que Pippen les suplió con excelencia. Tras fulimar a Angola en la apertura del torneo (116-48), la futura subcampeona Croacia sucumbió por 103-70, en un partido marcado por el estrecho marcaje de Pippen a Kukoc, que se quedó en 2 de 11 tiros de campo. Cada jugador encontró su motivación particular: fue el caso de Pippen, condenado a una renovación a la baja por el interés de los Bulls en guardar masa salarial para firmar a Kukoc. Contra Alemania (111-68), Mullin reivindicó su categoría de tirador ante Detlef Schrempf, entonces en los Pacers. El choque frente a Brasil (127-83) fue de exhibición coral ante las acometidas de Oscar, y, contra una España que venía de caer con sonrojo ante Angola, Larry Bird lideró al Dream Team (122-81), que no quiso hacer sangre sobre el anfitrión herido.

Se suponía que el cuadro de Chuck Daly encontraría más resistencia en la fase de lucha por las medallas, pero el 115-77 sobre Puerto Rico en cuartos de final finiquitó esa teoría. La auténtica exhibición llegó contra Lituania. Sabonis, que había derrotado a EE UU en Seúl '88 con la camiseta de la URSS pagó la vieja rencilla de la guerra fría, aún latente. El Dream Team se esmeró y sacó 51 puntos de diferencia (127-76) al equipo que debía ser bronce olímpico. En la final, ante Croacia, hubo diez minutos de igualdad y tensión, pero pronto los estadounidenses marcaron diferencias definitivas. El 117-85 final -y el buen partido de Kukoc (16+5+9), que al fin se ganó el respeto- asignó el oro más largamente anunciado y culminó la fiesta del baloncesto.

En total, el Dream Team disputó 14 partidos, en los que, obviamente, venció en todos y en los que nunca bajó de los 100 puntos. Anotó 117,8 puntos por encuentro, recibió 71,2, para una diferencia media en los marcadores de 46,6 puntos, y una máxima de 79 puntos de margen, obtenida en el encuentro ante Cuba. Avasallaron, pero nadie guarda un mal recuerdo de ellos. Los sucesores del equipo de ensueño fueron perdiendo el carisma de la formación original. En 2002, también perideron la imbatibilidad. Y en Atenas 2004, la honra, al quedar relegados al tercer peldaño del podio. "Todos los que hemos estado en ese equipo y vivimos dentro de él no olvidaremos jamás que vimos el mejor baloncesto de todos los tiempos durante unas pocas semanas", dijo Chuck Daly años después. Los que lo vieron tampoco pudieron olvidarlo.

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