El otoño de las rosas

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Puede que el boom quede ya demasiado lejos, como no se cansan de repetir desde hace décadas los propios autores latinoamericanos, pero por eso mismo acaso haya llegado el momento de hacer un balance desapasionado. A ello ayudarán aniversarios como los cincuenta años de la publicación de obras tan representativas como La ciudad y los perros (1962) de Mario Vargas Llosa o Rayuela (1963) de Julio Cortázar, novelas frescas e inaugurales y tal vez en nuestro tiempo más citadas que leídas, de ahí la oportunidad de acercarse o volver a ellas para cuando menos captar -porque de algún modo lo reflejan- el espíritu de la época. Cincuenta años no son nada, pero el mundo ha cambiado mucho y también las literaturas hispánicas, que de entonces acá han ensanchado y enriquecido un plural en el que la referencia a la península es cada vez más una pequeña parte del todo.

Al hilo de una conmemoración difusa, de la que en cualquier caso las dos novelas mencionadas serían hitos ineludibles, Alfaguara ha reeditado el ya clásico libro de Luis Harss, Los nuestros (1966), donde el chileno retrató a una generación -en realidad, varias- casi en el momento mismo de su exitosa irrupción en la escena internacional. El propio Harss concede que su libro es una "reliquia de época" y por esa razón ha descartado ampliarlo, pero aunque parcial y limitada su contribución sigue siendo no sólo valiosa sino incitadora. Hay otros testimonios del boom, como la agridulce Historia personal (1972) de José Donoso, pero más tardíos y por ello menos inmediatos. Por cierto que Donoso no formó parte de los diez autores entrevistados por Harss, entre los que tampoco figuran Guillermo Cabrera Infante o Julio Ramón Ribeyro.

No son los únicos ausentes de la nómina de Harss, que tampoco pretendía ser exhaustiva y se limitaba a los autores vivos. Casi coetáneo de Borges -que sí aparece entre los veteranos, junto a Miguel Ángel Asturias o Alejo Carpentier-, Roberto Arlt (fallecido en 1942) es uno de los raros maravillosos de la literatura argentina e hispanoamericana, de quien Ediciones del Viento ha recuperado El criador de gorilas. Escritos a la vuelta de un viaje por España y el norte de África, los relatos de la colección -ya incluida en los Cuentos completos publicados por Losada (2002), con prólogo de Gustavo Martín Garzo- alternan la crueldad, el humor y el misterio, la voluntad renovadora y el homenaje a las viejas historias, de un modo cautivador que explica el prestigio secreto de Arlt y su ascendiente entre los narradores más osados.

"Hace pocos años éramos un continente de poetas", decía Harss al comienzo de su Prólogo arbitrario, pero "los tiempos de hoy favorecen al novelista". Seguía habiendo poetas, sin embargo, y entre ellos estaba y sigue estando Juan Gelman, cuya Poesía reunida acaba de publicar Seix Barral en un espléndido volumen que rebasa el millar de páginas y se ofrece precedido de las hermosas palabras de Cortázar -Contra las telarañas de la costumbre (1981)- y de otras sabiamente escritas para la ocasión por Pere Gimferrer, que destaca el modo ejemplar en que Gelman ha atendido a los dilemas de la realidad y a los del lenguaje.

Con motivo de la concesión del Cervantes a Caballero Bonald se ha recordado que el poeta jerezano y Francisco Brines, que era después de Claudio Rodríguez el más joven de todos ellos, son hoy los dos últimos autores vivos de lo que García Hortelano llamó el grupo poético de los años 50, en su célebre antología de Taurus (1978). Enfatizar lo de vivos es de mal gusto, pero nos recuerda el privilegio de tener todavía entre nosotros a dos de los poetas grandes de nuestro tiempo. Y no es que no existan otros más o menos coetáneos igualmente perdurables -sólo en Andalucía están Pablo García Baena o Julia Uceda, Rafael Guillén o Aquilino Duque, Pilar Paz Pasamar o María Victoria Atencia-, pero tanto Brines como Caballero representan dos anchos cauces que merecen los más altos reconocimientos.

A propósito de Brines han escrito páginas esclarecedoras José Olivio Jiménez o Dionisio Cañas, intérpretes y antólogos de su obra, o críticos como José Luis Gómez Toré y José Andújar Almansa. A ellos se suma Juan Carlos Abril en un brillante epílogo a la reedición de Aún no (1971) por la serie Lecturas de Bartleby, un libro de transición que remitía por una parte a las primeras entregas del poeta y por otra abría la puerta a sus obras de madurez, entre las que es obligado citar El otoño de las rosas. La poesía de Brines, dice Abril, "siempre es el sedimento de una experiencia", pero al mismo tiempo contiene una honda veta meditativa que ha dejado huella en discípulos directos como Carlos Marzal o Vicente Gallego. Es así como su luz se proyecta en buena parte de la mejor poesía contemporánea.

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