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Andando, que es gerundio

  • Siruela publica la cuarta edición del 'Elogio del caminar' del antropólogo francés David Le Breton, una obra -en absoluto un libro de autoayuda- que glosa las virtudes del viaje a pie

David Le Breton (Le Mans, 1963), durante una reciente visita a Málaga. David Le Breton (Le Mans, 1963), durante una reciente visita a Málaga.

David Le Breton (Le Mans, 1963), durante una reciente visita a Málaga. / Javier Albiñana

La presente alabanza sobre el caminar, sobre la filosofía de la caminata, ha visto este año su cuarta edición consecutiva. Podría parecernos una anécdota curiosa o, directamente, estrafalaria.

Mientras se apronta la era de la inteligencia artificial, el hombre parece recurrir a las esencias, a la sencillez del arte de la vida. Cierto es que existe hoy también un anhelo por cierto purismo repipi, por el cual la lentitud se reclama como depuración del vano mundo apresurado. De ahí la exaltación, entre otras llamadas al nuevo karma, de la slow food o del pensamiento slow. Todo ello convive en plena era también de la posverdad y otras falacias. Pero lo cierto es que de entre todo este mundo lento ha surgido el redescubrimiento de esta elemental tracción, el primitivo movimiento, y que es también fuente de ánimo: el andar, el pasear, el caminar.

El antropólogo francés David Le Breton glosa en su Elogio del caminar las virtudes sensoriales que aporta el viaje a pie. Músculo para el cuerpo. Músculo para la mente. Pero en absoluto se trata de un libro de autoayuda, escrito para reivindicar la felicidad del pie y sus propiedades salutíferas. Le Breton nos habla de la antropología histórica y actual del homo viator (el hombre que está en camino).

Últimamente se lee con éxito la obra del filósofo y escritor norteamericano Henry David Thoreau (1817-1862), a quien hoy se le atribuye el apostolado político del ecologismo. El autor de Walden escribió también Caminar, su célebre opúsculo, titulado de igual forma que el no menos feliz Caminar de Robert Louis Stevenson ("Todo lo que necesito es un cielo sobre mi cabeza y un suelo bajo los pies").

Como cita Le Breton, fue Rousseau uno de los divagadores acerca de la moral del paseo (Ensoñaciones del paseante solitario). A Rousseau, aquel promeneur solitaire, le dedicó Shiller su poema El paseo. Más desconocido, pero indispensable, nos resulta El arte de pasear de Karl Gottlob Schelle, filósofo ilustrado alemán, hoy prácticamente olvidado, que vivió entre el XVIII y el XIX y murió en una casa para locos. Precisamente de un sanatorio mental salió a dar su último paseo entre la nieve Robert Walser, uno de los grandes caminadores literarios, a quien Le Breton no cita.

A menudo la caminata estuvo asociada a la luz promisoria. El caminante iba en busca del arcano de sí mismo. En la antigua Grecia se hacían peregrinajes a Delos, en las Cícladas, y a Delfos, donde el oráculo. Si hubo un pueblo peregrino por excelencia, éste fue el bíblico pueblo judío. De ahí sus grandes andadas históricas, desde que salieran de Ur en Caldea en pos de la Tierra Prometida, con Abraham y luego con Moisés, mientras abandonaban Egipto y regresaban por pascua, siglos después, a Jerusalén desde su destierro en Babilonia. Los peregrinos cristianos de Occidente caminaron bajo la contrición de su tiempo hacia la propia Jerusalén, pero también a Roma, a Compostela y a Constantinopla, que se convirtió en relicario de los atributos de la Pasión de Cristo gracias al piadoso tesón de Elena, madre de Constantino. El arisco Lutero prohibió las peregrinaciones por considerarlas inmorales. En cambio, los monjes ortodoxos hicieron del camino al monte Athos una romería hacia la quietud, la hesychia, esa búsqueda de la calma, conforme la tradición del cristianismo puro de los primeros padres capadocios. De entre la familia ortodoxa, en la Madre Rusia, cobrarían fama los strannik, peregrinos que, alforja al hombro, rosario y Biblia solían recorrer las vastedades de la estepa en busca de conventos y venerables reliquias (de ahí el célebre El peregrino ruso de autor desconocido).

Le Breton habla del gozoso -y a veces fastidioso- caminar por caminos de montaña, pradales, bosques. En estos paseos por entre campos de siega o la pineda el caminante aprende a oír la respiración de la tierra. Pero sobre todo se entrega a ese ogro informe que, campo a través, aun bajo el azuzado ramaje, acaba convertido en el mejor fantasma de compañía: el silencio.

Por supuesto, existe también la gran tradición moderna del paseante urbano, que conecta a Poe y Baudelaire con la filosofía de las mercancías (el capitalismo), las catacumbas (los pasajes), los palacios (grandes almacenes) y los templos (las exposiciones universales) de Walter Benjamin. Uno echa de menos aquí alguna mención, entre otras ausencias, acerca de las andadas de aquel famélico infeliz con quien recorrimos la ciudad de Christiania en Hambre, la novela de Knut Hamsun.

De la gesta de Cabeza de Vaca por la vasta Norteamérica al periplo viajero de Patrick Leigh Fermor por Europa Central, donde aullaba ya el nazismo, David Le Breton nos ofrece, olvidos aparte (para nada censurables), esta pequeña pero rica ontología del caminar. Así que andando, que es gerundio.

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