Cordobeses en la historia

El sirio que fundó la Córdoba Omeya

  • Abderramán ibn Muawiya nació y creció en un palacio de la lejana Siria, fue perseguido hasta el norte de África, desembarcó en Almuñécar y, junto al Guadalquivir, redescubrió al-Ándalus

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CFruto de la unión de un príncipe omeya y una esclava berebere de los Nafza, Abderramán I nació en marzo de 731; creció en el palacio-fortaleza que su abuelo, el califa Hixem II, había levantado en un desierto cercano al Éufrates, lugar de ensueño conocido por al-Ruzafa.

Cuenta una leyenda que a sus puertas, llegó un día su tío abuelo Molesma -fisonomista y adivino- quien le vaticinó grandes desgracias y el trono de un lugar lejano, allende de los mares.

La profecía no tardaría en cumplirse tras la terrible persecución iniciada por los abasidas hacia su estirpe, que obligó a la familia a dispersarse más allá de las fronteras de Siria, corriendo el año 750.

Hasta Egipto persiguieron aquellos jinetes de negro a Merwan II, el último de los omeyas que reinara en Damasco, para darle muerte. Otros miembros de la familia -la princesa Abda entre ellos- murieron en el asalto a palacio, apuñalados o torturados, como sucediera con uno de los nieto de Hixem II, a quien pasearon entre burlas por varias ciudades del reino, tras mutilarle un pie y una mano, hasta desangrarlo.

Mientras algunos vivían tragedias semejantes, unos pocos eran amparados por tribus beduinas. Tal fue el caso de Abderramán y uno de sus hermanos, Yahya que aguardaban, junto a alguna de sus mujeres, a que pasara la represión.

Cuenta P. Dozy que estando el futuro emir de caza, llegaron los jinetes abasidas al poblado y dieron muerte a Yahya. Abderramán huyó a una aldea cercana al Éufrates, en donde se unió más tarde con el último de sus hermanos vivo, dos de sus mujeres y su hijo, el pequeño Solimán. Pero hasta allí llegaron los soldados enemigos y sólo pudo escapar de ellos atravesando a nado el río, mientras su hermano -peor nadador- se volvía y era degollado al llegar a la orilla.

Ya en Palestina, dos sirvientes fieles a él y a su única hermana viva se le unieron, aportándole joyas y monedas para iniciar su peregrinar hacia el norte de África, sin más esperanza que la firme creencia en el futuro que le predijera el viejo Molesma. Al llegar a su destino, quedó cerca de Ceuta, en tanto su sirviente cruzaba el Estrecho en busca de apoyos en la Península.

El futuro emir, esperaba y desesperaba ante la falta de noticias que se alargaron durante 13 meses, hasta que, al fin, y como fruto de aquellas gestiones, pudo desembarcar en Almuñécar el 14 de agosto de 755.

El camino entre la mar y Córdoba se alargó casi un año en el que fue ganando adeptos y amigos a su causa, antes de vencer la resistencia de Yusuf y arrebatarle la soberanía de la tierra recién conquistada. Así, el 15 de mayo de 756, las tropas omeyas cruzan el que en adelante sería llamado Wadi al Kabir o Río Grande de los andalusíes. A la cabeza, vestido de blanco y con su turbante como estandarte, estaba el nuevo emir, recién cumplidos los 25 años.

Los nuevos pobladores habían posado ya sus retinas -secas por lo árido de los desiertos africanos- sobre los vergeles del Sur de la vieja Bética, renombrándola como al-Ándalus o El Paraíso. Y, cuentan que, cuando Abderramán se encontró con Córdoba, vino a decir: "¿A qué seguir avanzando cuando he llegado, por fin, a El Paraíso?"

Desde aquí quiso cumplir su premisa y unió con la espada "los trozos del reinado, como el sastre une con su aguja los pedazos de tela para hacer un traje", mientras levantaba en algún lugar de intramuros al-Ruzafa, réplica en nombre, jardines y estancias del palacio que dejara en Siria. Para cumplir aquel sueño, hizo importar plantas autóctonas de su reino perdido, valiéndose de su única hermana.

Ya al final de su reinado, compró la basílica de San Vicente -en donde oraban visigodos y musulmanes- para el culto a su Profeta, iniciándose de este modo la construcción de la Gran Mezquita Aljama. Abderramán I reedificó también la primera al-Medina (custodiada por más de 40.000 soldados) , restableció la calzada y reconstruyó el puente romano, entre otros grandes proyectos, antes de morir en su tierra de acogida, el 30 de septiembre de 788.

Aquel primer emir de Córdoba, que fuera conocido como El Inmigrado, había dejado nueve hijas y once hijos. El más pequeño de todos, Hixem I, ocupó el trono después de darle sepultura en algún lugar cercano al Alcázar que hoy se llama de los Reyes Cristianos.

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