Cordobeses en la historia

La gran estrella cordobesa de los locos años veinte

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José Castro y Carmen Ruiz no habían cumplido los veinte años cuando se anunció la llegada de quien, con el correr el tiempo, tomaría el nombre de Dora La Cordobesita, llevando el recuerdo de esta ciudad por todos los escenarios de la Península, desde Sevilla a Santander.

Al igual que su contemporánea, La Bella Dorita, la niña vino a nacer casi con el siglo, en el barrio de Santiago, cuando mayo apuntaba sus primeras fechas en el calendario de 1901.

Con ocho años, el dueño del Duque de Rivas se fijó en ella y a los doce, la subió al escenario de su teatro, comenzando para ella una carrera imparable hasta que el sevillano Manuel Jiménez Chicuelo se cruzó en su vida. Años más tarde cerraría voluntariamente la cadena de éxitos cosechados en todas y cada una de las, entonces, "regiones españolas", desde sus primeras apariciones en el mítico teatro cordobés. Ya había conocido de cerca la farándula de dentro y fuera de Andalucía.

Como en tantas ocasiones, el gran salto fue a Madrid, cuando en el Trianón Palace de la calle Alcalá, sonaban aún los ecos de las letrillas de la misteriosa Raquel Meller, de Aurora Jaufret La Goya, de La Fornarina y tantas otras que, con sus frívolos cuplés, hacían las delicias de artistas, dandys y toreros, que entre letrillas de morrongos, pulgas y otros bichos, iban dejando los vasos vacíos sobre las mesas de mármol. Y así desde los primeros vinos de la noche al aguardiente del amanecer.

Encarando al Trianón Palace, se levantó el Romea de la calle Carretas, donde cuentan que se pagaba a las cupletistas hasta quinientas pesetas por noche; los más altos cachés de Madrid. Allí se presentó Dora La Cordobesita corriendo el año 1919. "Al día siguiente del estreno -cuenta Mercedes Valverde- el empresario cordobés Antonio Cabrera la llevó al estudio del pintor en la calle Pelayo". Se trataba de Julio Romero, quien ya había escuchado el nombre de su paisana en la tierra común. Él "recuperó aquel mundo provinciano que dejó en Córdoba y en la distancia añoraba. Como era de esperar, surgió el retrato". Primero a la espalda de una guitarra, luego para la publicidad del anís La Cordobesa. Su imagen y el nombre de Chicuelo aparecen juntos por vez primera en el cartel de una corrida patriótica ilustrado por Julio Romero.

Corría el año 1921. Manuel y Dolores habían comenzado a hacer coincidir sus galas; pero el noviazgo no se hizo oficial hasta 1924, tras un encuentro en las fiestas del Corpus de Granada. Y mientras los críticos taurinos se cebaban con el romance, achacándole a Dora las tardes flojas del torero, ella seguía triunfando, en el Teatro Principal de Cádiz, en Jerez, Bilbao o en el Duque de Rivas de sus primeros años.

La prensa se la época, seguía fielmente las galas de Dolores, dando puntual información de cada uno de sus éxitos, convirtiéndola en un referente para las muchas jóvenes cordobesas, que tarareaban sus coplas junto a los lavaderos comunes de las casas de vecinos, sirviendo a veces de excusa a los periodistas de entonces para llenar páginas de escenas costumbristas o recordar que el arte "otorgado por Dios a Raquel, Dora o La Argentinita no se logra con aceites ni desplantes".

Un diez de noviembre de 1927, el torero hacía pública su decisión: Dora La Cordobesita no volvería a pisar más un escenario. El creador de la chicuelina "no lo consentiría". Ella asentía tímidamente a aquellas aseveraciones, saliendo airosa de alguna insinuación irónica: "Sólo me da pena separarme de mi padrino. Fue mi maestro, mi consejero, mi padreý"-decía refiriéndose al que fuera su protector y mecenas, Antonio Cabrera.

Un traje blanco de cola a media pierna, con medias, zapatos y velo a juego sobre la frente, fue el último atuendo que Dora lució entre aplausos. Desde la plaza de El Ángel a Los Dolores, las gentes de Córdoba aplaudieron a los novios. Era el rito, tantas veces repetido, del enlace entre la cupletista y el torero. Se fueron a vivir a Sevilla. Allí, en la Alameda de Hércules, fue madre de toreros y, cumpliendo el deseo de Manuel, vivió alejada de los escenarios. Murió en 1965, dos años antes que su torero. Él tendrá momento en su ciudad en breve; ella aún no tiene calle en la suya.

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