Devociones que llevan a Capuchinos

  • Millares de cordobeses se acercan a la plaza del Cristo de los Faroles para rendir tributo a la Virgen de los Dolores y a los titulares de las otras dos cofradías que radican en este céntrico enclave: la Paz y la Sangre

En Córdoba y en Viernes de Dolores todos los caminos parecen conducir a la plaza de Capuchinos. Pero no sólo porque allí se encuentra la también conocida como Señora de Córdoba, sino porque allí tiene lugar en esta jornada la mayor eclosión cofrade de toda la ciudad. Las hermandades de la Paz y Esperanza y la de Nuestro Padre Jesús de la Sangre culminaron ayer su programa de actos de la Cuaresma con la celebración de un besamanos a la Paloma de Capuchinos y, horas más tarde, un Vía Crucis presidido por el titular de la corporación del Císter. Este céntrico enclave del Casco Histórico bulló más que cualquier otro día del año y se convirtió, como no podía ser de otra manera, en un continuo ir y venir de personas, la mayoría cordobeses pero otros muchos procedentes de diversos puntos del resto de España. Fueron, en definitiva, tres motivos muy especiales para pasarse por Capuchinos a lo largo de una jornada en la que además acompañó la meteorología. Sol y una leve brisa primaveral.

El itinerario que culminaba en la iglesia de los Dolores arrancaba en el convento del Santo Ángel, donde esperaba la Paz y Esperanza vestida con el manto que le bordó el cordobés Francisco Mira, y el local de salida de la plaza de Capuchinos, con el Señor de la Sangre sobre la parihuela. Al tratarse de Viernes de Dolores, los momentos más emotivos se vivieron en la iglesia de San Jacinto, sede canónica de la Hermandad de los Dolores. Desde bien temprano comenzó a llegar gente al templo. Cofrades y fieles procedentes de toda la ciudad que no entienden "que llegue un día como éste sin estar junto a la Señora". Es el sentir de la mayoría y una frase que repiten una y otra vez a quien se le pregunta por los motivos que le llevan a desplazarse a este punto de la ciudad. Sus testimonios son la muestra que mejor evidencia que la fe y la devoción a la Señora sigue viva. "Y que dure toda la vida", comentaban otros de los numerosos fieles de los Dolores.

En San Jacinto todas las miradas se dirigían hacia el frente. Arriba, sobre el altar mayor, se encontraba la imagen de la cofradía servita. Y en el resto del templo, dos zonas muy bien diferenciadas y separadas por una reja metálica. A un lado de ella, en el más cercano al altar, todo era orden y atención a las palabras del sacerdote -el obispo, en el caso de la misa celebrada a las 11:00-. En la otra zona no paraba de entrar y salir gente y el murmullo era muy frecuente. Todos anhelaban el mejor sitio desde el que ver a la Señora. Subidos sobre un escalón o próximos a la reja, el objetivo no variaba: estar muy cerca de la Virgen.

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