Crítica de Cine

A los pies de los caballos

Adèle Exarchopoulos, en el filme. Adèle Exarchopoulos, en el filme.

Adèle Exarchopoulos, en el filme.

Se ve que al belga Michaël R. Roskam le gustan los personajes fuertes y básicos, impulsados por instintos primarios e ideales puros. Ocurría en aquella Bullhead con la que se dio a conocer y donde también descubrimos el potencial erótico-animal de un Matthias Schoenaerts que repite aquí después de haberse convertido en una nueva estrella del (pequeño) firmamento europeo (De óxido y hueso, Suite francesa, Cegados por el sol, La chica danesa, Lejos del mundanal ruido).

En El fiel interpreta a un ladrón de bancos que opera siempre en compañía de sus viejos colegas de reformatorio, pista fundamental para sobrecargar sus movimientos de un halo de fatalismo de film noir que se apunta ya desde la primera escena. En su camino, la aparición de Bibi (Adèle Exarchopoulos, siempre generosa en sensualidad), una hermosa piloto de carreras, arrastra la película hacia un torbellino pasional filmado con esa elegancia de diseño marca de la casa que, en cualquier caso, no consigue ocultar las muchas y malas costuras dramáticas que organizan el relato.

Así, tras una primera parte relativamente aceptable entre robos violentos, seducción y romance a flor de piel, la segunda y tercera parte del filme demuestran que los guionistas del invento (entre los que se cuenta el prestigioso Thomas Bidegain) juegan siempre en contra de toda lógica y aceptación del espectador, sometido pronto a un vaivén de caprichosos contratiempos, situaciones ridículas (la patada al perro en plena calle), enfermedades terminales y últimas voluntades ejecutadas por mafias albanesas que dejan la película a los pies de los caballos.

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