El último aliento

  • Sentimiento.Los faeneros llegan bajando la calle Alfonso XIII. Son reconocidos por llevar mantas liadas en el brazo. Su atuendo es sencillo. Amplios pantalones y modestas alpargatas

El cielo está plúmbeo. El viento mece las hojas de los árboles. Las mueve de forma violenta, demasiado. También es frío. Corta el rostro de la gente, que trata de acercarse al drama de la pasión de Cristo durante la Semana Santa. Los atuendos no son propios para la primavera. Se ven hombres con largos abrigos, algunos incluso con bufandas. También hay quienes se tocan la testa con sombreros. Las señoras no le van a la zaga. Ropa de abrigo para las noches en que se revive la tragedia, con fin glorioso, de la pasión y muerte de Jesús. Incluso las nubes se mueven presurosas. De cuando en cuando sirven de escondite a la luna de Nisán. Esplendorosa, casi círculo perfecto, está juguetona y coqueta. Los mismo se asoma de entre las cárdenas nubes como se oculta tras de ellas. El fuerte viento sirve para que las nubes se acerquen y se alejen de forma aleatoria. ¡Quién diría que estamos en primavera! La estación de los sentidos ha venido disfrazada de invierno. Ha cambiado su calidez por la crudeza. La explosión de color, por un gris monótono al que cuesta trabajo romper. Atípico todo. Tan antinatural que no parece que sea Semana Santa.

Los faeneros llegan bajando la calle Alfonso XIII. Son reconocidos por llevar mantas liadas en el brazo. Su atuendo es sencillo. Amplios pantalones, modestas alpargatas, camisas rozadas en los cuellos y puños, y chaqueta de paño para combatir el frío, tan desagradable y tan impropio de la primavera. Luego ya bajo la trabajadera, éste desaparecerá bajo el faldón, aunque se dejará notar de cuando en cuando al entrar por los huecos de los respiraderos.

La cancela de San Pablo se abre. Aparece un enlutado cortejo que sigue la estela de una negra cruz de guía. Alumbran la noche con la luz de los cirios que apoyan en el cuadril. El viento no deja de hacer de las suyas. Trabajo extra para enciende velas y diputados de tramo. Los nazarenos guardan la separación que les marca la cola de sus túnicas color catafalco. En ella se simboliza arrastrar los pecados propios tras de sí. Pecados que serán redimidos por aquel hombre que aparece clavado en la cruz, en una escena que se repite desde tiempos pretéritos, antes desde el franciscano convento de San Pedro el Real, hoy desde la iglesia de San Pablo.

El paso, de severo color oscuro, es un improvisado Gólgota. Los guardabrisas de sus arbóreos ganan la batalla al crudo viento. La tenue luz ilumina la escena. Stabat Mater. María al pie de la cruz es testigo del suplicio de un hijo justo al que se le escapa el último aliento. Busca el aire a la desesperada, apoyándose sobre los pies horadados y fijados a la madera por un romo clavo. La vida se escapa por aquellas llagas y heridas. Todo se ha cumplido. Cristo expira en Córdoba pero no muere sobre aquel Gólgota austero de maderas oscuras. El Señor de la Expiración de San Pablo no conoce la belleza de Córdoba. Desconoce sus calles, desconoce sus gentes, desconoce su sentir. El Cristo de la Expiración sólo mira al cielo. Da igual del color con el que este teñido. Es indiferente si añil, gris o negro. Jesús siempre lo mira cuando año tras año traslada su postrera agonía a las calles de la vieja Córdoba. Mira al cielo buscando una nueva bocanada de aire que le permita vivir un momento más. A sus pies María, en silencio, sigue llorando desconsolada cuando por Alfonso XIII la silente comitiva se encamina de nuevo hacía San Pablo. Los penitentes continúan arrastrando las largas colas de sus hábitos. Los faeneros se resisten a ser vencidos por los kilos que caen cada vez más inclementes sobre su cerviz. El Martes Santo toca a su fin en el Compás de San Pablo, donde Jesús crucificado, expirante y agonizante, busca el último aliento para continuar viviendo un poco más.

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