Cluedo con trampas

Tal es el panorama de rutina del cine español que no queda más remedio que saludar una película como La habitación de Fermat, entretenido aunque volátil experimento al vacío que se sirve de un decorado, las matemáticas, los silogismos y las adivinanzas para introducirnos en una trama presidida por el juego (el Cluedo sería la referencia más cercana), los guiños cinéfilos (desde La huella hasta Cube) y una autoconciencia de liviandad que no podría dar lugar a equívocos sobre las verdaderas pretensiones del producto.

Luis Piedrahita (conocido showman mediático) y Rodrigo Sopeña encierran a cinco personajes en una habitación que se estrecha para someterlos a un perverso juego de inteligencia y control psicológico. La cuestión, cómo no, reside en averiguar el origen y el responsable de semejante tortura, ejercicio que se desarrolla aquí entre prescindibles interludios humorísticos y un sentido del suspense no del todo conseguido.

Y es que, a pesar del trasfondo científico-lógico, el guión ya deja en evidencia la supuesta brillantez cerebral de la propuesta, en sus abundantes trampas explicativas, en sus varias lagunas, subrayados y salidas al exterior resueltos con escasa precisión y poca suspensión de la credibilidad.

Marcadas las cartas, menos tensos, por tanto, de lo que pudiera esperarse, nos queda asistir finalmente, forma parte del juego, al tour de force interpretativo sobre el que se sustenta buena parte del éxito de la fórmula: ni Santi Millán ni Alejo Sauras dan la talla para tomárselos demasiado en serio, Elena Ballesteros mantiene el tipo, Lluis Homar parece autoparodiarse y Federico Luppi, simplemente, pasaba por allí.

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